RESEÑA Y EXPERIENCIA: “ELOGIO DEL RIESGO”, DE ANNE DOUFOURMANTELLE. Por Gabriela Odena

Reseña y experiencia: “Elogio del riesgo” de Anne Dufourmantelle (1).

Cuidado editorial: Helga Fernandez, Amanda Nicosia, Gerónimo Daffonchio, Ricardo Pereyra.

La palabra que se encuentra con una escucha recorre este libro de comienzo a fin. Traza una línea entre el psicoanálisis y la filosofía. Y los hace dialogar, en la escucha misma, no más allá ni más acá. Tal como Lacan dialoga con la filosofía entre otras disciplinas para hacerles decir otra cosa o ir hacia sus confines para alumbrar una extensión que las letras mismas producen, si bien Anne Doufourmantelle, introduce una diferencia, retomar estos pensamientos filosóficos, su campo de estudio junto con el psicoanálisis,  se hace presente en la escucha misma. ¿Cómo podríamos incluir su devenir en una escucha analítica? Ella lo hace. Abre mundos y posibilidades, no los cierra. Atraviesa las fronteras de lo imaginario. Su posición abstinente en la escucha, dice más que lo que la teoría podría decir sobre aquella. La hace acontecer en lo que de su transmisión resta.

La sorpresa del no saber, ante un encuentro que no se sabe si se producirá o no, es huella que se cava en su escritura.

Que la contingencia pueda advenir es el Elogio del riesgo. Lecturas aledañas hacen a una posición del analista, que ausculta lo ausente en las rasgaduras de lo dicho. La barrera de la represión y su insurgencia en los síntomas hallan un lugar para un decir en una escucha sin parajes, lejos de cualquier saber acumulado y acomodado. 

Una proximidad al dolor, como parte constitutiva del sujeto arrojado de los límites de lo decible, encuentra su lugar; hospitalidad, dice la escritora, quien escribe junto a Jacques Derrida, La hospitalidad(2). Que algo de lo traumático dé paso a la contingencia y a lo impensado, requiere de la dimensión que inaugura Freud en su obra Más allá del principio de placer, con la pulsión de muerte. Que de la repetición, aunque no cese de no cesar, pueda advenir una diferencia, una variación, está en el horizonte de las intervenciones de Anne. El análisis no es infinito, la vida está urgida de dignidad, de dulzura.

Su práctica inaugura una nueva lectura del discurso psicoanálisis al hacer énfasis en lo que a veces permanece cual aforismo vacío. Ubicar el trauma requiere una escucha desprendida. No la de un furor curandis supuestamente ligado a la vida. No hay cura en sí misma, sólo una dirección que labora con las palabras del analizante. Aquella que viene, vendrá o no, por añadidura en una escucha que persiste en la diferencia como lo que lanza llamas. 

¿Elogio del riesgo? Construir el fantasma delicadamente, atravesarlo o sostenerlo para vivir en él, estar advertido de él. Su manera de escuchar, que transmite con las dificultades de la transmisión misma, da un paso al costado a un cierto tecnicismo que olvida la táctica y la estrategia, y que catapulta la escucha a un oxímoron sin alas. Su estilo poético, nos abre a otras dimensiones. Entrecruza discursos que hacen posible una escucha que sobrevuela la singularidad en la que cada uno hace, o intenta hacer de su trabajo, un arte articulado a la lógica del inconsciente.

La piedra fundamental del psicoanálisis, el descubrimiento del inconsciente, se astilla en innumerables versiones, tantas como cada testimonio que intenta dar cuenta de la intimidad de un análisis. ¿Cómo dar lugar a la contemporaneidad singular de una voz, que habla un pasado? Se inaugura un lugar posible en un decir propio, que tensa las cuerdas del saber, hasta su estertor, en la escucha de Anne.

El desenfado de una infancia. El silencio necesario para recuperarla. Las pausas intercaladas en el decir.  En su escucha late la infancia como potencia. Dar lugar al infans es un riesgo, y un acto ético. Lo más propio, como el advenir de la pubertad, la adolescencia, que contienen en germen un porvenir posible, en tanto su memoria no se convierta en un altar de lo irrecuperable. 

La lectura de este libro horada la transmisión en vertientes de riesgos, de los que no muchos nos animamos a abrir sus compuertas. Riesgo que no refiere a un peligro, sino a que el retorno de lo reprimido, o también lo que anda a tientas sin metáforas, sea plausible de ser escuchado, y entonces ese texto lanzado a lo inédito. El peligro, en las neurosis, puede ser externo o interno, tal como Freud lo expone en Inhibición, síntoma y angustia, siendo la angustia lo que lanza la represión. Y lo realmente peligroso, ya en 1932, en la conferencia 32 Angustia y vida pulsional, será para Freud la aparición de un instante traumático, que no puede ser tratado según las normas del principio del placer, que no consigue una descarga adecuada, y la señal de que se avecina su repetición.

La neurosis complica, hace formaciones de compromiso, da algo y lo quita de inmediato, negocia: el síntoma es un usurero que espera el pago de una deuda y que lo recuerda constantemente a su deudor. A la neurosis no le gustan las variaciones, sospechando que actúan inadvertidamente con una peligrosa audacia.  En el momento en que ese peligro puede, vía la decisión de sujeto, a la cual su yo resiste, Correr el riesgo del espacio del deseo, quiero decir correr verdaderamente el riesgo de su metáfora viva, del espacio que lo separa de aquello por lo cual suspira, ser, cuerpo, memoria, sentido de la vida, curación, reconocimiento, aquello hacia lo cual abre la metáfora, ese otro espacio, el espacio posible de la palabra.

Fabricar una dimensión del riesgo, aquello que abre un espacio desconocido, gesta otra lógica posible. Pequeños fragmentos de la historia pueden empezar a habitar otra lengua en la dialéctica del ejercicio de la introducción de una alteridad, que no implosiona lo propio. El riesgo verdadero no puede medir lo que acontecerá. El riesgo crea materia de acontecimiento. Aquello que atraviesa fronteras, y busca al otro en la otra orilla. No es un rescate, es un cuerpo presto a prestarse a otro para que construya sus andamios propios. No es un sacrificio, es la propiciación de un aliento otro. El viento que vuela palabras verdaderas. Una artesanía de lo incalculable.

Arriesgar la vida, así se titula el primer capítulo de este libro:

En tanto acto, el riesgo da pie al azar. Lo querríamos voluntario cuando se origina en la oscuridad, lo inverificable, lo incierto. Aquí examino el riesgo en los aspectos que no permiten su evaluación ni su eliminación, bajo el horizonte del no morir. ¿Cómo imaginar que la certeza de nuestro fin podría no tener,  de rebote, ningún efecto sobre nuestra existencia? Desde el rincón más lejano de esta certeza sabemos que algún día todo lo que amamos, esperamos, realizamos, será borrado. ¿Y, si no morir en vida fuera el primero de todos los riesgos, que se refractara en la proximidad humana del nacimiento y la muerte?” No morir en vida, el primero de todos los riesgos, poética apuesta a la vida.

Se puede leer en el pensamiento de A.D una  afectación en El Antiedipo, Capitalismo y esquizofrenia,(3), una referencia a un Edipo, que, en una dimensión posible, generalizada, se erige como salvaguarda del “sucio secretito familiar”, urgido de un lugar a ser pensado, sin que la escritora se refiera a ello explícitamente: Dejar nuestra familia, nuestro origen… ¿qué vida singular no tiene este precio? El precio de serle infiel a lo que nos fue, no transmitido por amor, sino mandado, psíquica y genealógicamente, so pena de destitución… Toda obra tiene este precio. Y todo amor, creo yo. La depresión es el reverso de tal separación. Es no poder desprenderse, deshacerse, quitarse el lastre a tiempo, abandonarse a estar en otra parta para arriesgar la vida…Dejar a la familia abre al riesgo del amor. A aquel frío en el corazón. Pues el amor no es un nido calentito ni esa maraña de odio y envidia que forma el entrecruzamiento de ramitas en que uno busca acurrucarse. No, el amor es helado a veces… Esta libertad ganada a expensas de los lazos de sangre puede llevarnos a querer a personas de la familia, pero desde otro lugar, no más desapegado sino libre de esa deuda que ordena obediencia y nos hace consentir a toda violencia. El riesgo de dejar a la familia es un elogio irrealizado de la fuga, del alejamiento, del paso al lado. De lo que en nosotros es capaz de estar desorientado.

Un corte en la historia, el desasimiento de un patriarcado asido al hilo de una deuda que se historiza y encarna en lo más interior del hombre, meollo de una repetición trágica de la historia. La de un interior sin exterior. La sumisión a un Otro, que no sólo deja caer sus tesoros significantes al fondo del mar sino que también infunde miedo al uso de aquellos que gestan nuevos sentidos.   

Acordarse es olvidar. Existir es la marca del olvido devenido tiempo propio. Para quien se interese en la transmisión de un estilo de practicar el psicoanálisis, y no en un dogma a seguir, este libro es su ocasión. Las derivas del nombre del padre anudan, hacen metáfora, a la vez que en ocasiones erigen un amo al que no se puede castrar. El discurso del amo intenta ocultar que el amo está castrado. Lo puede impedir la madre tachando el enigma en la metáfora, o el padre no estando a la altura de su función. Lugares y funciones que no se confunden con la figura variable de los que la ocuparán. 

Habría que repreguntarse, ¿qué es desviarse del psicoanálisis? Su fundación es ocasión de una escucha inusitada, inédita, jamás practicada. A.D retoma y renueva esta apuesta fundamental que nos legó Freud. 

Lo singular se apoya en lo universal, nos aporta Anne Dufourmantelle. Si bien Freud nos enseñaba que un análisis debía conducir a poder amar y trabajar, no podemos olvidar, por ejemplo, respecto al trabajo, no es etimológicamente extraño a la tortura, es decir a la destitución del sujeto soberano ahora reducido a la esclavitud. Dicha esclavitud somete al sujeto supuestamente libre por derecho a lealtades que lo “trabajan”, adoraciones que lo cautivan, odios que lo aniquilan, archivos depositados en él como el recuerdo fantasmático de una edad sin olvido. Son derechos universales que no pueden no estar en el universo del analista. Parece algo evidente, pero resulta que muchas veces se halla en una ausencia, en la que la ideología en el analista es aún, un ser cautivo del Otro,  por eso mismo es ideología.

Una mujer que se analizó con Anne, golpeada y maltratada por su pareja, al finalizar su análisis le escribe una carta, antes ya había dicho: “ De repente caí en la cuenta de que no se golpea a Una mujer. Nunca.” Y en ese “una mujer” estaba lo universal de la dignidad humana. Su carta me decía:“Usted me prestó con su escucha una fuerza que yo no tenía, un horizonte en el que ya no creía y una dignidad que había abdicado hacía mucho, esto es lo que me permitió un día apoyarme en un principio universal: no se puede atacar en su carne a una mujer ni a un niño. Fue mi primer refugio y mi primera libertad.”

¿Puede el deseo desear su propia sumisión, su represión? Una pregunta, entre otras, que abre este libro, en la vía de evitar cualquier deslizamiento hacia “un ideal”.

Gabriela Odena, psicoanalista.

(1) Elogio del riesgo, Anne Dufourmantelle. NOCTURNA editora, Paradiso editores, 1a ed., Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2019. Traducción de: Simone Hazan.

(2)  La hospitalidad, Derrida, Jacques y Dufourmantelle, Anne. Ediciones de la Flor, Buenos Aires: 2000.

(3) El Antiedipo – Capitalismo y esquizofrenia, Gilles Deleuze – Felix Guattari. Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1974.

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