Corresponsales de urgencia. Por Graciela Leone.

Edición: Gabriela Odena

A los lectores que gusten abordar la nave:

Viene a mí una glosa desde donde resuena (una) advertencia proferida por Lacan: se acomoda uno a lo Real. A la verdad hay que darse un trabajo para otorgarle su lugar, porque la verdad nunca pierde sus derechos.

Les acerco algunos retazos de reflexiones escritas en los márgenes, al costado, provisorias, a la espera siempre de llegar a decirse. Tal vez algo pase a su través, en esta ocasión.

Esto tiene su importancia, en tiempos de post-verdad, volver a traerlo a nuestra orilla, como agua para el molino.

Acabo de embarcarme. El rumbo que tomará esta nave es, a todas luces incierto, pero es necesario tomar cartas en el asunto. A los psicoanalistas, aquellos que no se hayan echado a dormir el sueño del incesto, ¿acaso no nos urge intervenir en esta cosa?, en este torbellino que llegó conmoviéndolo todo, como un amontonamiento de cosas ocurriendo al mismo tiempo?

Fue un instante de vértigo: lo Real del coronavirus que, aunque sabemos, no se nos da a ver, VIMOS. Y SUPIMOS. ¿Qué cosa? que, ante esta novedad en extremo insólita, inaudita, ilegible, el convite (¿quién o qué nos convida?) es a hacer lo que haga falta para volver legible hasta cierto punto el acontecimiento. Quiero decir no quedar inermes sin hacer lo que luego podría revelársenos como habiendo podido hacer algo que no hicimos. Ahí no habrá el subterfugio del alma bella. El a en su función de causa…por lo tanto, la ética del deseo en el uno por uno, convoca a los psicoanalistas no-dormidos. No desconociendo que estamos en tanto seres hablantes, cada uno, tomados, envueltos, tocados y por qué no trastornados por el torbellino. ¿O acaso te creés que los psicoanalistas tenemos algún salvoconducto para hacernos los excepcionales?

Y me embarco en esta nave contando, al modo antiguo, con la versión Carta de guía: ¿sabés?, era un despacho que se daba para que quien iba por tierra extraña pudiera ir seguro, sin que nadie le impidiera el paso. No lo sabemos todo, sin embargo. Y la nave va…segura…de que la práctica del lazo social sostiene y se sostiene de la relación a la causa que anima en cada quien.

Porque veamos: la ciencia pronto nominó pandemia al emplazamiento (de lo Real) del virus en todo rincón del planeta, La Tierra. Primer gesto muy valioso, primera puntada en el bordado que debemos hacer para bordear ese Real, llegando a componer una ficción, tras lo cual lo que quedará: nada. Primera puntada que dio sin poder saber si acaso pudiera suceder que el torbellino mismo se pusiera a tirar para afuera, cesando de engullirlo todo (lo que hasta un instante antes nos hacía apariencia de que eso aguantaba, sostenía, apañaba. ¡Y no! junto al torbellino el efecto de dispersión. Tal vez eso ya ocurrió. Y ahora mismo ya estamos lanzados a andar una tierra extraña, tan extraña que podemos (y si podemos, debemos) poner lo que sea que fuese patas para arriba. Como cuando niños pudimos hacer de un banco, poniéndolo patas arriba, un barco, por ejemplo.

Podemos decir por ejemplo que hubo un momento, dentro de este tiempo de pandemia en que nos abocamos a poner en entredicho el vocablo “Aislamiento”. Sencillamente por los efectos de los que nos hemos hecho testigos en los análisis y en la polis (¡qué petulancia! ahí nomás en los comercios de cercanía, en la plaza, en el quiosco…) que desencadenó el golpe de ese significante: pánico por el contagio fue uno. (Tal vez haya aún resabios de ese pánico) ¿Por qué pánico?…por el horror de quedar el cuerpo propio como extranjero, ajeno, todo extraño. Porque el aislamiento lanza una orden: que quede impedida la transmisión (de la electricidad, del del calor, del sonido, de tutti quanti).

Volver a anudar es lo que sigue (un nuevo RSI).

Hasta resulta gracioso que los cuerpos hayan quedado cargando con ese impedimento: ¡No tocarse!

No sólo mantener distancia, emplear tapaboca, quedarse en casa.

Pero…si las miradas se encuentran, ¿acaso no se efectúa un “tocamiento”? ¿Y la voz, acaso no es como la mirada, parcialidad en el cuerpo? ¿No hay acaso ahí la oportunidad para astillar la palabra (aislamiento), y que por los intersticios se pueda colar la noticia de que tú, yo, ella, el, nosotros, vosotros, ellos seguimos tocándonos, que estamos no-muertos?

Y que cuando escribimos un mail o una carta, ¿no nos estamos dirigiendo a algún otro, un semejante que, luego de un tiempo leerá y tal vez la frase prosiga? ¿No está habilitada la posibilidad de que ocurra algo, pase algo por sorpresa, haciendo lazo, incluso transmisión, por haber irrumpido algo del orden de la verdad (como efecto)?

¿Acaso haciendo escritura no es posible que acontezca el tocamiento? Y si algo me toca, te toca y te vuelve “leggente”. ¿Me hago, te haces el displicente? ¿O le abro, le abrís los brazos, alojo, alojás la novedad? Banco, bancás que eso me, te vibre en el cuerpo. No es romántico!!! Sí es sensible!!!

…entonces ocurrió una sustitución (te acordás de dónde vengo? Comenzó a sonar y a resonar: “Confinamiento”, es tentativo, se verá qué efectos produzca. Por otra parte, estamos aprehendiendo lo imprevisible, las casualidades sin correr a taponarlas con sentidos, la incertidumbre. No es poco. Vamos…sabiendo, que estamos…no-muertos…tomados por el revuelo…del torbellino.

Ahora consideremos por un ratito qué sentidos palpitan en el vocablo “confinamiento”

  • es sí, un aislamiento, pero, temporal; por lo tanto se sitúa dentro de un tiempo. Sólo eso ya es una caricia, se lima un poco el desasosiego. ¿No te late que dice mejor lo que “estamos haciendo” dentro de la pandemia?
  • en el discurso jurídico es una pena (¡y es una pena! penamos y penamos por el confinamiento) aquella por la que se obliga al “condenado” a VIVIR, TEMPORALMENTE, EN LIBERTAD, en un lugar distinto de su domicilio.

Bueno: mi domicilio, el de siempre, mi casa, igual que la tuya, ¿sigue siendo la misma casa que era pre-pandemia? Qué va! Si este torbellino la dislocó por doquier. Cada uno sabrá cuánto, cómo se efectuó de esa mudanza ahí dentro. Casi todas las costumbres mudaron.

¿En qué LIBERTAD? de extrañar al otro, tu semejante, de echar en falta escuchar su voz, esas conversaciones en las que se decía algo insignificante, banal y de pronto, en el duermevela regresaba como una luminaria despejando una zona opaca.

Por ahora me gusta la parte que muestra que está ocurriendo eso de conmovernos por lo que nos hace falta.

Es obvio que estamos embarcados en un tiempo lógico, que es el de comprender. Sin saber de antemano, cuándo, cómo se echará a rodar la prisa por concluir.

Podemos decir también, los psicoanalistas no-dormidos que hemos puesto patas para arriba ese algo en que nos hemos sabido apañar, tal vez atemperando el malestar ante lo impredecible que habrá de acontecer en el discurso de los analizantes: el encuadre, al que hicimos progresar dando especial relevancia a que, el analista sostiene con su presencia el deseo de(l) analista.

Nos vimos llevados a inventarnos otro modo para seguir sosteniendo el deseo de(l) analista no de modo presencial, pero si!!! con la presencia del analista. En el teléfono la voz. Es presencia, con el cuerpo.

En este punto me da la gana de hacer una declaración: me siento y me reconozco deudora de la obra de Freud, de la transmisión que llega desde esos textos, que aprendí a pesquisar por la enseñanza de Lacan, del coraje para no deshacerse de su búsqueda y cuando le fracasó la hipnosis, puso lo que hubo que poner patas arriba y desde ahí nos legó la regla fundamental. Deudora de su humanidad. Es una especie de Carta de Guía.

Hasta el próximo puerto.

GL

Minibio

Graciela Leone: Psicoanalista. Escritora.

2 comentarios en “Corresponsales de urgencia. Por Graciela Leone.

  1. Margarita Urano. Hasta donde sé no somos parientes con Má. Inés Leone de Córdoba. Pero vete tú a saber. Tengo para mí que algún ancestro común nos ha legado algo a través del patronimico.
    Gracias por tu comentario

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