EL AZAR Y LA NECESIDAD, POR JUAN JOSÉ MILLÁS.

La distancia entre la literatura y la vida es la que va de lo necesario a lo contingente, así leemos en el Prólogo de Relatos clínicos de Sigmund Freud, Editorial Siruela- libros del tiempo. El prólogo lo escribió Juan José Millás, Selección, edición y epílogo de Isabel Menéndez, Traducción del alemán de Luis López-Ballesteros y de Torres.

Hoy a la luz de las prácticas que se realizan en el campo psi, considero que el relato clínico es un acto político, es una declaración de principios de la clínica que practicamos.

Hay algo, dice Freud, que excede a su y a nuestras preferencias personales, y es “la naturaleza del objeto” que tratamos y esa naturaleza exige que haya relato, narración, que ubique al síntoma en la trama de lo dicho.

La manera en que contamos la experiencia habla de cómo la abordamos.  No es lo mismo concluir que el niño tiene una performance con valor 2 en el grupo A2, por la frecuencia de vocalización espontanea dirigida a los otros, que decir que el niño cuando se dirigió a nosotros nos miró con picardía diciendo: ¿Raro no?  No son sólo dos relatos diferentes, son dos modos de hacer en la praxis.

La dificultad en la transmisión del psicoanálisis no impide que lo intentemos.

Patricia Martínez. Psicoanalista.

La Sección HISTORIAS CLÍNICAS, comparte este maravilloso prólogo de Millás. En el margen tiene el gusto de presentarlo por considerar que el mismo también contribuye en la distinción entre el entramado discursivo del historial y la exposición obscena e indolente de los dichos de un analizante. Porque no se trata de transmitir la verdad de un sujeto para ¨la ganancia de placer¨, como se haría desde cierta posición del novelista o del periodista de chimentos, sino apostando a que tal articulación vehiculice un saber inédito.

Editorial, Gabriela Odena y Helga Fernández.


  En un relato literario una teja no puede matar a nadie a menos que el suceso esté al servicio de algún significado. En la vida, en cambio, no sabemos por qué las cornisas caen sobre unas cabezas y no sobre otras, ni por qué al dar la vuelta a la esquina se nos aparece indistintamente el rostro de la felicidad o la desdicha. La distancia, pues, entre la literatura y la vida es la que va de lo necesario a lo contingente.

Decía un célebre cuentista que cuando en la primera página de un relato aparece un revólver, alguien tiene que suicidarse con él en la última. La existencia, por el contrario, se compone de multitud de acontecimientos que podrían pasar o no pasar sin que ello alterara su funcionamiento. La mayoría de ellos, por otra parte, son inverosímiles, pero no se nos ocurriría mirarlos desde ese punto de vista, pues tienen a su favor el hecho de haber sucedido.

El historial clínico, tan pegado a la vida, no debería guardar en principio ninguna relación con la literatura, pero cuando uno lee los de Freud, advierte enseguida que, independientemente de sus virtudes clínicas, tienen un poderoso instinto narrativo, ya que los materiales que los componen se necesitan unos a otros como las diferentes piezas de un reloj. Sin embargo, la existencia de sus pacientes era sin duda tan casual y arbitraria como la de cualquiera de nosotros; el secreto, pues, estriba en la cadena asociativa que el fundador del psicoanálisis era capaz de establecer entre los síntomas para reducirlos a esa forma de unidad característica del relato literario. En otras palabras: la mirada de Freud es capaz de descubrir el tejido causal que se esconde bajo la trama del azar («una forma de causalidad cuyas leyes ignoramos», según Borges). ¿No es esa la clase de mirada que exigimos también a un escritor?

En «Miss Lucy R.», por ejemplo, la paciente (¿o deberíamos decir el personaje?) ha perdido el olfato, aunque tiene sensaciones olfativas subjetivas: huele cosas que no están sino en su memoria. Casi al mismo tiempo averiguaremos que se resiste a abandonar a las niñas de las que cuida como institutriz y de cuyo padre está enamorada, si bien ella no se ha dado cuenta. Todos estos materiales narrativos se manifiestan al principio de forma inconexa, como las diferentes piezas de un puzzle que más tarde se irán aproximando hasta formar un cuadro unitario en la conciencia del lector. Lucy ejemplifica ese caso tan novelesco en el que lo que uno sabe de sí mismo coincide milimétricamente con lo que ignora. El lector, tras el desconcierto primero producido por la dispersión de los materiales, asistirá, con la protagonista del relato, a la aparición fascinante del sentido. Es tal la maestría en el tratamiento del punto de vista, encarnado por Freud, que a uno le recuerda la atmósfera moral de alguno de los mejores cuentos de Henry James.

En «Catalina», el lector tiene desde el principio más información sobre los personajes que ellos mismos, así que el interés de su lectura está montado sobre los efectos que produce ver en otro el desenlace de un conflicto existencial.

En «Isabel de R.» aparece toda una constelación familiar compuesta, además de por la protagonista y su madre, por dos hermanas y dos cuñados (tan inquietantes, por cierto, como corresponde a una figura parental tan ambigua). Ese mundo cotidiano, reconocible, se transforma de súbito en la encarnación de algo siniestro que está a punto de desencadenarse  frente a los ojos del lector. Freud toma, en fin, un historial cualquiera, integrado por lo que él mismo llama en algún momento «vulgares conmociones anímicas», y lo transforma en un relato excitante donde lo contingente deviene en necesario y lo banal en significativo.

Más que eso: en apenas cuatro líneas, con una increíble economía de medios, es capaz de dibujar todo un escenario emocional en cuyo interior no puede germinar sino una gran historia. Veamos cómo empieza, por ejemplo, «Reproches obsesivos»: «Una muchacha padece de reproches obsesivos. Cuando en el periódico lee haberse descubierto una falsificación de moneda o un crimen cuyo autor se ignora, piensa enseguida estar complicada en la falsificación…».

Frente a un comienzo tal, el lector no tiene más remedio que colocarse en una zona de desconcierto de la que solo podrá salir continuando la lectura del relato. Ello nos recuerda la existencia de un curioso libro de Freud —El chiste y su relación con lo inconsciente—, que constituye de forma involuntaria un magnífico tratado sobre el cuento, al menos sobre esa clase de cuento circular que tiende a alimentarse de la forma de contradicción aparente que llamamos paradoja. Freud se vale en el citado ensayo de la genial definición de Bergson sobre el humor («una espera decepcionada») para ilustrar su idea de los dos momentos fundamentales que ha de tener todo chiste que se precie: el desconcierto y el esclarecimiento. En efecto, empezamos a oír una historia (llamémosla cuento o chiste) porque hay algo en ella que nos desordena o sorprende obligándonos a caminar hacia la zona de luz (el esclarecimiento), cuando la tiene. Lo curioso es que la literatura se compone también de momentos de desconcierto y de esclarecimiento. En ese sentido, podríamos decir que es, como el humor, «una espera decepcionada». Nada hay menos literario que lo previsible.

La literatura, como el psicoanálisis, constituye con frecuencia un viaje desde la superficie de la realidad, donde todo posee un carácter fragmentario, a su zona abisal, en busca de las conexiones ocultas que permiten una lectura significativa del caos (o viceversa). En cierto modo, es un recorrido desde el desconcierto al esclarecimiento, igual que estos Relatos clínicos de Freud, que se ajustan con precisión a dicho esquema. Por eso siempre proporcionan una «decepción» saludable. Él mismo dice en algún momento, no sabemos si con temor o con placer, que sus historiales presentan un aspecto «más literario que científico», añadiendo enseguida que se debe al objeto y no a sus inclinaciones personales: «No siempre he sido exclusivamente psicoanalista. Por el contrario, he practicado al principio, como otros neurólogos, el diagnóstico local y las reacciones eléctricas, y a mí mismo me causa singular impresión el comprobar que mis historiales clínicos carecen, por decirlo así, del severo sello científico, y presentan más bien un aspecto literario. Pero me consuelo pensando que este resultado depende por completo de la naturaleza del objeto y no de mis preferencias personales». Cabe preguntarse si el objeto de la literatura y el psicoanálisis no será el mismo.

No nos resistimos a citar como ejemplo de esta tensión entre desconcierto y esclarecimiento, llevada al límite con un pulso narrativo magistral, «Una neurosis demoníaca en el siglo XVII», donde el lector ha de estar continuamente ajustando su mirada a los sucesivos desenlaces con los que Freud nos va confundiendo y sosegando también de forma sucesiva. No es ajena a esta eficacia narrativa la utilización de otros polos de tensión conformados por dicotomías tales como historial patológico/ enfermedad; secreto/cuerpo extraño; psicoanálisis/arqueología; o superchería/neurosis. Señalemos, como ejemplo de este enfrentamiento enriquecedor de contrarios, que «Una neurosis demoníaca…» está escrito para los que creen en el análisis y no en el diablo, aunque el documento sobre el que trabaja Freud pertenece, paradójicamente, a unos monjes que desde luego creen más en el diablo que en el análisis. Sin revelar ningún dato esencial del argumento, no nos resistimos a anticipar al lector algo, como menos, curioso y rompedor de este relato clínico: su protagonista realiza un pacto con el diablo en el que a cambio de su alma no le pide la eterna juventud, ni el éxito, como es habitual, sino, simplemente, que le quite la depresión de la que es víctima desde que falleciera su padre.

Pero si la lectura de este libro resulta apasionante por la mera peripecia vital de los personajes que desfilan a través de sus páginas, no lo es menos si nos dedicamos a escuchar la voz del narrador (Freud) y nos preguntamos por qué nos cuenta todo esto: quizá porque constituye uno de los modos de contarnos su vida. En efecto, a medida que nos relata el conflicto de Catalina, de Lucy, de Rosalía y del resto de los pacientes que atraviesan su obra, asistimos también a la lectura de la gran «novela» del psicoanálisis, lo que es tanto como viajar desde la hipnosis al método catártico y desde este a la asociación libre, pero también desde el mapa del cuerpo, con su conjunto de síntomas, al territorio inmaterial del inconsciente.

Relatos clínicos, pues, se trata de un volumen condenado a gustar a un registro muy amplio de lectores, sin olvidar desde luego al hipocondríaco que puede hallar en él una curiosa colección de síntomas con los que enriquecer su propio cuadro.

  Juan José Millás.


Juan José Millás García o Juanjo Millás (Valencia31 de enero de 1946) es un escritor y periodista español. Su obra narrativa se ha traducido a 23 idiomas.

Patricia Martínez, Psicoanalista.

2 comentarios en “EL AZAR Y LA NECESIDAD, POR JUAN JOSÉ MILLÁS.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s