¿Qué nos pone nerviosos? Por Gisela Avolio.

Editorial, Helga Fernández y Gerónimo Daffonchio

Más de un siglo después de que las ideas de Sigmund Freud produjeran parte de la subjetividad de una época en el mundo, ¿hoy en día, es posible encontrar en los fundamentos del psicoanálisis, razones eficaces y alivio al malestar de los sujetos?  

Las condiciones de vida en el mundo son innegables productoras de la cultura, antes del 2020; y después, también. Y aunque el devenir contemporáneo sea incierto, hay invariantes mínimas de la práctica del psicoanálisis que nos permiten crear otras conjugaciones y una respuesta posible. 

En principio es necesario acordar con una cuestión, una eficaz respuesta al malestar sería aquella que nos facilite un hacer de otro modo con los síntomas que padecemos. 

En ocasión de una entrevista  realizada a Osvaldo Arribas en este medio, se refería a la práctica del análisis —y lo decía así–, “puede permitirle a cualquiera que tenga problemas (…) “trabajar y amar”, es decir poder llegar a hacer algo de, y con su existencia” (1) La potencia de esta idea está en la simpleza de expresar un anhelo de todos. 

Sin embargo, ¿sabemos cuántos rodeos atravesamos los sujetos en ese derrotero? No solo por las contingencias que el devenir de la civilización siempre trae, sino también, porque contamos con la invariante que anima al sujeto: lo indestructible del deseo que siempre es conflictivo y complejo; y si hay algo acerca de lo cual el psicoanálisis ha demostrado poder argumentar, es acerca del deseo y su interpretación. 

Al igual que los hombres que hacen a la cultura, Freud anticipa con su lectura epocal, no sólo los fenómenos de la suya, sino también aquellos que se presentan como estructurales con el paso de las circunstancias sociales. 

Él dialogaba con los intelectuales de su contemporaneidad. En los argumentos de aquellos Freud  encontraba su pregunta; inmejorable modo de dar cuenta que es apoyado en el lazo social como se produce una elaboración. En el tren camino a Herzegovina, en la discusión con sus colegas; en la lectura de los fenómenos sociales,  en el análisis; siempre en interlocución con otros.  

La neurología era el lenguaje médico que conformaba los significantes de su contexto académico y es con estos significantes, que supo no obstante dar cuenta de una nueva lógica para la existencia del sujeto.  Prueba de ello es la escritura del “Proyecto de psicología para neurólogos”, donde años más tarde Lacan encontró los principios de la ética del deseo. 

En 1908 se propone dar respuesta a la pregunta por aquello que incrementa la “nerviosidad moderna”. Interpelado por recientes publicaciones del neurólogo y filósofo von Eherenfels y W. Erb, escribe un artículo que contiene a mi entender ideas de indudable vigencia, sobre todo en su lógica argumentativa. Basta para ello recorrer su título, “La moral sexual cultural, y la nerviosidad moderna”.

¿Se podría decir que la sexualidad, la cultura hipermoderna y la alteración anímica no son los temas actuales?

W. Erb: “La vida en las grandes ciudades es cada vez más refinada e intranquila. Los nervios agotados buscan fuerzas en excitaciones cada vez más fuertes…en placeres intensamente especiados, fatigándose más aún en ellos…” (2).

¡Desde luego que estas observaciones no constituían una novedad para Freud!, su espíritu inquieto estaba en la Otra escena… en la causa, o mejor dicho, en descubrir aquello que hacía causa en los sujetos.

Una lectura silvestre del artículo nos haría comprender que perseguía los factores etiológicos de estos fenómenos.  

Una lectura orientada por la luminosidad que Lacan aportó, nos haría capturar que es en los avatares de la pulsión donde se escribe la gramática del sujeto y sus padecimientos.

Si bien en 1908 Freud aún no había escrito “El malestar en la cultura”, ya encontramos aquí  las líneas de lo que se profundizará como idea: las fuerzas pulsionales y la labor cultural no son una sin la otra. 

Un extenso tramo del artículo lo dedica a señalar una muy vigente idea a propósito de la moral sexual: “una de las más evidentes injusticias sociales es la de que el standard cultural exige de todas las personas la misma conducta sexual” (3)

Con notas que colorean el ideal monogámico/monocromático cultural, Freud, allí mismo, ya hablaba del tan hipermoderno poliamor: “la doble moral sexual existente (…) es la mejor confesión de que la sociedad misma que ha promulgado los preceptos restrictivos no cree posible su observancia” (4).

Hay en esas elucubraciones algo que hace a la estructura de una argumentación. Veamos si es posible resaltarlo. 

Valiéndose del concepto de pulsión y su satisfacción siempre parcial, Freud introduce a una cuestión: la circularidad del movimiento pulsional articulado con las restricciones que la civilización le impone, obliga al psiquismo a implementar mecanismos de inhibición y fenómenos sustitutivos (síntomas).

Más adelante en la teoría, la imposición de esa abstinencia quedará situada como el mandato superyoico: orden a la renuncia de la satisfacción pulsional, y material con el que se alimenta esa exigencia, otra vez. 

Esto resulta un punto decisivo en la elaboración freudiana que revela que la conciencia moral no está en la causa de la renuncia, sino que la renuncia instala la conciencia moral como fuente incesante de dolor moral.

En síntesis, más allá del principio del placer, en el malestar, puede hallarse la satisfacción.

Lacan concluirá esto con lo que llamará la ética propia del psicoanálisis: deseo y bienestar no están en relación de adecuación. Es decir que el sujeto puede encontrar su bien en el mal. (5)

Freud (en el artículo citado) habla precisamente del sacrificio que la moral impone al neurótico, restricción que opera con un costo sintomático. 

Si para los psicoanalistas estar a la altura de una época significa escuchar los modos de hablar que colectiviza en cada momento, es necesario preguntarnos: ¿cuáles son las exigencias culturales a sostener hoy?, ¿cuáles son sus formas posmodernas? El discurso que ordena la moral dominante, ¿nos exige un imposible?  

Con la invención lacaniana del llamado discurso capitalista, la renuncia pulsional queda localizada como aquello que se sostiene en un incesante intento de recuperación del goce por vía de los objetos de consumo, reapropiación que, al unísono, rechaza la existencia de que algo nos divide, es decir: lo imposible. 

De allí en más no es tan difícil resaltar las exigencias que impone al ser hablante la maquinaria social: la promoción (la “promo”, el “combo”…) de un goce ilimitado, con los nombres que para cada uno adquiera: “bitcoin”; viajes interminables; jerarquía; “la play” de última generación; un cuerpo joven; un órgano en más o un órgano en menos; un brillante diseño de sí (6); tiempo, mucho tiempo, y, por qué no, millones de “likes”.

Esa es una política actual, la ilusión de que todo se puede y nada nos detiene; propiciado por quienes desde el prestigio ejercen el poder de hacer creer eso. 

Pero el psicoanálisis también tiene su política, la del síntoma. 

¿Qué significa esto? No se trata en psicoanálisis del ejercicio superyoico de suponer que los nombres del fantaseado goce absoluto, se eliminen.  La eliminación, en ninguno de los sentidos posibles (la erradicación, el nivel cero, la desaparición), constituye para el psicoanálisis una orientación, porque siempre hay un resto y en estado activo. Entiendo que la cuestión está, como señala Freud, en la relación entre el incremento de la nerviosidad y el sacrificio inútil. Mucho más tratándose de un sacrificio cuyo lazo con el goce, a esta altura, no podríamos negar.

La utilidad es la capacidad que tiene una cosa de servir o de ser aprovechada para un fin determinado. Curiosamente en la raíz del término gozar, una acepción de éste, se encuentra ligada al usufructo. Gozar: poseer alguna cosa como dignidad o renta (7) 

Es por el valor de utilidad que deja algo cuando se utiliza, o sea ese plus que se obtiene por añadidura, que algo puede otorgar una “ganancia de placer”, dicho en términos freudianos. 

Para que ese placer parcial que otorga el goce de lo útil se obtenga, es condición que el goce total y mítico pueda perderse. Ese “goce todo” que es ilusión de una complementariedad entre las palabras y las cosas, que no existe. 

Alicia Alvarez supo escribirlo en forma lograda: “El aparato psíquico -pequeño capitalista- es en suma un avaro que no quiere perder nada, pero además obtiene ganancia extra” (8).

El neoliberalismo como política discursiva sabe prometer que esa completud puede existir, y diseña los modos de hacerlo. Su poder convincente no resulta novedoso porque sabemos que sucumbir a los efectos cautivantes de la sugestión, es la incurable pasión del “yo”.

Ahora bien, si la recuperación se pretende toda, el riesgo posible es la acumulación y la consecuente inmovilidad que impide la sustitución. Entonces, el sacrificio se vuelve inútil para el sujeto, en tanto la única ventaja es la del goce superyoico. No dudamos de ello cuando la clínica nos muestra hasta qué punto es posible sufrir para un adolescente el cumplimiento de los preceptos de un estilo alimentario, por ejemplo, en nombre de la conservación de la ecología mundial, y en desmedro de la conservación de la propia vida.  Vemos así que la religiosidad y el consabido incumplimiento de sus mandatos imposibles puede teñir cualquier aspecto de la vida de los neuróticos.

Entonces para que el sujeto en relación al deseo, exista, es indispensable que haya un discurso que así lo admita. Y justamente de eso se ocupa el psicoanálisis. Ese mismo sujeto atañe a la ciencia y al capitalismo. Pero cada uno realiza una operación diferente sobre este, y cuánto más si el capitalismo se viste con el saber científico. En definitiva deja la singularidad del sujeto elidida bajo las formas que manipulan su capacidad de producción, convirtiéndolo en  “moneda viviente”  –como dice Klossowski. (9)

¿Por qué el psicoanálisis, aún? Porque su práctica es en sí misma la reserva de un espacio para la existencia de que “hay imposibles”, cuya condición será invariable, entre ellos, que el individuo sea invencible. Eso puede ser una gran ilusión (que dio nombre a una taquillera película para público infantil, “Los invencibles”), pero la inevitable “supremacía de la Naturaleza y la caducidad de nuestro cuerpo”, dos de las tres fuentes de sufrimiento que Freud leyó en la Humanidad (10), nos recuerdan la indefensión del hombre. Hoy más que nunca. 

De esa prepotencia de la Naturaleza, de la que nuestro organismo perecedero forma parte, no nos defendemos en forma lograda mediante la ilusión del antropomorfismo de las fuerzas superiores, porque eso no suele dar más que consistencia a argumentaciones conspirativas contra el mundo, y muestran, como toda teoría, su hilacha sexual e infantil. 

Ahora bien, resulta llamativo cuando Freud afirma que “esta comprobación (de la caducidad del cuerpo) no es descorazonante, sino que señala (se dirige a los que practican el psicoanálisis) la dirección de nuestra tarea…” (11)

Un sentido posible lo da un comentario que hace Norberto Ferreyra (12) cuando dice que “se trata de ver cómo hacer con la falta que uno tiene, que no es una falta moral, sino real, algo de lo que no se dispone… (pasando)… de aquello que nos mutila, a lo que nos castra”. Aquello que nos castra equivaldría a decir lo que nos divide en tanto nos muestra la finitud, porque ese todo-sí-se-puede, no existe.  

Si en algo propicia el psicoanálisis la relación del sujeto al deseo, es dando lugar a que algo nos haga falta, -pero en tanto que causa y no deficiencia-, restando en ese mismo acto, potencia al goce inútil, al más allá del principio de placer que todo sacrificio implica, aunque éste, paradójicamente, nos empuje a la frenética búsqueda de la felicidad. 

Para el psicoanálisis que hace falta al malestar, el alivio puede llegar al sujeto nervioso -por el sacrificio inútil-, si es posible admitir que algo no sea todo. 

  1. https://psicoanalisisalmargen.wordpress.com/2019/09/28/dos-preguntas-a-osvaldo-arribas/
  2. S. Freud “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”. 1908. Trad. Luis López Ballesteros y de Torres. Ed Hyspamerica 
  3. Op. cit 2
  4. Op. cit 2
  5. M.C. Areta, en seminario dictado en Efmdp. Los cuatro discursos. 
  6. Boris Groys “Volverse público”. Ed. Caja Negra. 2016
  7. H. Fernández y otros, en “Lectura del Seminario de un Otro al otro”. Hilo en el laberinto. Ed. Kliné y Ediciones Oscar Masotta. 2019
  8. A. Alvarez, “La teoría de los discursos en Jacques Lacan”. Ed. Letra Viva. 2006
  9. P. Klossowski. “La moneda viva”. Ed Pre textos. 1970
  10. S. Freud “El malestar en la cultura”. 1930. Trad L. López Ballesteros y de Torres. Ed. Hyspamerica. 
  11. op cit 10
  12. N. Ferreyra “El decir y la voz. Notas para un analista”. Ed Kliné. 2018

Gisela Avolio, actualmente trabaja como analista, es miembro fundadora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata, y miembro de Fondation Européenne pour la Psychanalyse. Fue Residente de Psicología en el Htal. Subzonal especializado Neuropsiquiátrico Dr. Taraborelli (Necochea, Bs. As.). Dicta clases en las actividades de la Efmdp, y allí coordina el dispositivo Práctica psicoanalítica con Niños y Adolescentes, desde 2010; actualmente es docente y supervisora de la Residencia de Psicología Clínica de los Hospitales Provinciales de Necochea y Mar del Plata. Y dicta clase anualmente en Centre IPSI de Barcelona. Desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado.

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