El deseo en la moneda borgeana. Por Sebastian Grendas.

Facundo Soares, editorial.


“Leer es un trabajo poético”. Josefina Ludmer.

Borges, en el poema La moneda de hierro ubica una demanda que no cesa de constituirse como pregunta ¿Por qué precisa un hombre que una mujer lo quiera?, para decir algo sobre esto va a indagar el espacio, va a mirar, las dos caras de la moneda, dos contrarias caras que serán la respuesta.

En una, aparecerán las estrellas inalterables, Adán, el paraíso aún sin perder, el diluvio que cae sostenido en el firmamento, la tarde y la mañana, Dios en cada criatura.

La moneda, en su otra cara, también es un espejo mágico, que altera lo que va a ser reflejado, en esta cara aparece lo que somos nadie y nada y sombra y ceguera.

Lacan piensa que el ojo es un lugar destacado para pensar el objeto a y poder pesquisar la importancia del mismo como objeto elusivo: “en la medida en que está, no solo separado, sino siempre elidido, en otro lugar allí donde soporta el deseo”

El espacio borgeano en este poema se construye alrededor de dos miradas que se alternan y en un objeto que puede ser otro; una moneda, un espejo. Un reflejo que se aloja en un laberinto puro, que otro destino que el de sostén de la pérdida; allí seremos el primero y luego lo distante, un lugar perdido, un lugar arrasado, lo que se repite y nunca es igual y el olvido; lo inalterable de un lugar en el espacio.

Es interesante como Borges describe esa cara, mira en presente; ahí está lo que luego no será más que un modo de recorrer ese laberinto: 

“No habrá nunca una puerta…

No esperes que el rigor de tu camino

Que tercamente se bifurca en otro,

Que tercamente se bifurca en otro,

Tendrá fin”

El espacio no es una idea. Tiene una cierta relación no con el espíritu, sino con el ojo. El espacio está colgado de este cuerpo”

¿Qué significa, entonces, que sea el ojo el que le dé al espacio sus características?, en primer lugar Lacan descarta lo homogéneo espacial, no vemos claro; ni tampoco sabemos muy bien qué es lo que vemos o que nos mira, el realismo es un intento de estabilizar la imagen, de dar cuenta de una claridad, pero el ojo es inestable en su función, no hay mirada que estabilice una imagen.

Entonces el espacio se vuelve un lugar donde los cuerpos se ubican, “mediante algo ajeno a las dimensiones” el cuerpo en el espacio, representa una dificultad, se instala un conflicto,  en donde no puede haber una inserción estable, “tenemos que neutralizar el cuerpo localizándolo”, etimológicamente lo neutro remite a  “ni a lo uno, ni lo otro”, la localización implica la permanencia de una tensión: el cuerpo no es ajeno ni homogéneo en el espacio.

Al reducir el cuerpo a un punto en el plano, este se vuelve impenetrable, “un cuerpo es cualquier cosa y no es nada, es un punto”, no es posible resolver esa posición neutral, el espacio no podrá adoptar el cuerpo, que no adquiere características definidas, ni definitorias, pero permanece en un lugar, que no podrán ser dos en un mismo tiempo. 

La reducción del cuerpo a un punto en el espacio, interesa porque permitirá pensar una diferencia con la mancha, es así como el punto adquiere una dimensión particular y el espacio se vuelve “esta resistencia última a la sección”, el espacio se vuelve discontinuo porque no hay línea del plano que puedan dividir ese punto en ese lugar, o hacer de ese lugar, algo más acorde a ese punto, ese reconocimiento de inalienable, hace que “no puede en ningún caso ser a”, ese punto, la imagen narcisista, reflejo de una presencia, del lugar que ocupamos en el Otro, al carecer de resto, “no puedo ver lo que allí pierdo”, aquí, es donde esta imagen, se vuelve seductora, “está marcada por el predominio de una buena forma”.

Vimos como el laberinto borgeano, en esa cara de la moneda que mira primero, no vemos lo que iremos a perder, vemos a Dios en cada criatura; la imagen y semejanza, la forma pura; pero lo que somos, está en esa contraría cara, la ceguera forma parte de eso, “el ciego vive en un mundo bastante incomodo, un mundo indefinido”, así la ceguera borgeana no es la negrura, sino la incomodidad de un mundo donde no podemos definirlo estando ahí, donde la mirada capta imágenes que se alojan en el espacio, pero que no se estabilizan por ello, vemos, de vuelta, como el realismo que Lacan planteaba como ilusorio lo notamos en esa tensión nunca resuelta de la imagen y el espacio.

Pero la mancha, a diferencia del punto, cambia la orientación, de mirador pasamos a ser mirados, “basta con introducir una mancha en el campo visual para ver a que se agarra verdaderamente el extremo del deseo”; la mancha en el espacio nos mira, y atrae porque nos devuelve lo inestable del espacio; la buena forma queda vuelta a tensionar, siguiendo los que veníamos anotando, vuelve a neutralizar la imagen, cuando esta adopta una u otra forma de manera acabada, Lacan ubica la atracción de la mirada en este punto: “pues esta mirada me refleja y, en la medida en que me refleja, no es más que mi reflejo, vaho imaginario”, la mancha ciega, porque el deseo no se proyecta en la buena forma, el deseo nos dice que el realismo, no es más que un intento de esbozar, de hacer del mundo un lugar más cómodo, pero el deseo es la presencia de esa mancha en el espacio, que hace de la buena forma desilusión.

Borges plantea la idea de Dios en cada criatura

“Dios es el inasible centro de la sortija.

No exalta ni condena. Obra mejor: olvida.”

La imagen y semejanza se pierde en el inasible centro, en el olvido, nuestro reflejo, que nunca es fiel, nos permite la infamia de la mancha en esa imagen, en esa forma pura que adopta el espacio donde solemos mirar,

“Maculado de infamia ¿por qué no han de quererte?”

Busquemos en el propio Borges a que se refiere con esa mácula: “la palabra infamia aturde en el título, pero bajo los tumultos no hay nada. No es otra cosa que apariencia, que una superficie de imágenes; por eso mismo puede agradar”

En la sombra del otro buscamos nuestra propia sombra;

En el cristal del otro, nuestro cristal recíproco”

La pregunta borgeana, más allá de la correspondencia de un género con el otro, circunda el deseo en relación al espacio, la infamia es esa mancha que hace de la imagen narcisista otro lugar de la mirada; Lacan, nos dice que lo que nos mira es el blanco del ojo de ciego, en su conferencia sobre la ceguera Borges cuenta como a partir de ella, comienza el estudio del anglosajón con unas estudiantes, ahí “cada una de las palabras resalta como si estuviera grabada, como si fuera un talismán”, para luego decir que por no saber nada de ese idioma “lo leíamos con la lupa”, entonces la ceguera que mira, no es la nada, lo negro, es la alteración de lo impreso, es mirar imágenes que se recortan y se agrandan, se altera la realidad de la tipografía, la ceguera es mirar de otra manera la buena forma, es la mácula infame, es la descripción del mundo que rescata Borges de Milton: en este mundo oscuro y ancho, en donde el deseo entre sombras y cristales puede reflejarse.


Sebastián Grendas es psicólogo egresado de la UBA. Psicoanalista. Realizó la concurrencia en el Hospital de Emergencias Psiquiátricas “T. de Alvear”. Actualmente es psicólogo de planta en el servicio de Hospital de Día e instructor de psicólogos que se encuentren realizando la formación en el hospital.

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