El final de la infancia o advenir a lo plural. Por Gisela Avolio.

Editorial, Helga Fernández.


“Lo que afecta a toda la población”, eso significa etimológicamente pándemico; en escritos de Platón y Artistóteles “pandemio” no estaba ligado a la connotación médica, correspondía a “lo público”, lo que “concierne a toda la gente”. Sigue siendo éste el sentido al que el elemento compositivo “pan” alude: aquello que concierne a toda la población.

Para el psicoanálisis las formaciones colectivas siempre fueron un tema que le es intrínseco, así como lo es su carácter revolucionario del sentido; en consecuencia, esto invita a pensar que las oposiciones no están donde se las supone necesariamente, y que la máxima diferencia puede estar en el corazón de lo múltiple. 

Freud anuncia desde el comienzo que “…la psicología individual es también, de entrada y simultáneamente, una psicología social”(1); pero su trabajo en interlocución con los estudios de LeBon lo hacen distinguir –y con esto distinguirse– dos fenómenos inherentes a las multitudes: contagio y sugestión, vinculados a la acción que los miembros ejercen unos sobre otros; y a la influencia hipnótica, cuya fuente está en el líder.

Aún, tratándose de estos dos órdenes de relaciones horizontal (entre los miembros) y vertical (con el líder), que Freud elabora con la escritura de un esquema en Psicología de las masas y análisis del yo, abre una oposición que no será la que se podría suponer “más sociológica”: lo individual y lo social; sino entre lo social y lo narcisista.

Pero lo narcisista indudablemente está en el interior de lo individual, ¿cómo articularlo? Una lectura muy precisa de Erik Porge en su libro Transmitir la clínica psicoanalítica(2), sobre esta sutileza, señala que la superación de esta oposición exige a Freud la articulación con aquello que operó como elemento causal en Tótem y Tabú: el funcionamiento de la horda primitiva y su enlace con el padre. 

La psicología de los individuos de la horda corresponde a los individuos de la masa, ésta es realmente colectiva: tienen la ilusión de ser amados de manera equitativa y justa por el jefe. 

Pero el jefe, el padre, tiene una psicología diferente, “más individual, son narcisistas, celosos, intolerantes”(3). Así, Freud terminará diciendo que el hombre no es tanto un animal gregario como un ser individual de una horda conducida por un jefe. 

Este lugar sustituto será ocupado primero por el tótem, luego el jefe, el héroe. El hipnotizador y el objeto amado también vendrán a ese lugar de ideal del yo, y este será un elemento del grafo de la masa”(4)  

Pero bien se puede hacer pie en la modificación que Lacan propone del esquema hacia el final del seminario Los cuatro conceptos fundamentales(5).

Esa escritura freudiana recibe el valor de la transformación que la lectura que Lacan realizó en distintos tiempos de la enseñanza: el escrito El tiempo lógico.., el seminario de Las formaciones del inconsciente, entre estos.

Subvierte la relación individual/colectivo introduciendo su objeto, el “a” –el objeto que divide al sujeto–, en el lugar en el que Freud escribió el objeto yo.

Con esa división introducida por el objeto a, con el no-todo en el fundamento de la masa se designa un modo de relación del individuo con la misma, que implica una división que equivaldrá al colectivo.

Es decir que lo colectivo así entendido adquiere la función de desmultiplicación para el sujeto, del que Lacan ya había hecho su formulación tempranamente llamando “inmiscusión de los sujetos” a la multitud que ingresa en el sueño inaugural de Freud, la “Inyección de Irma”(6)

“Mixtura”(7) de sujetos que entra en el marco del enunciado: “el sujeto de lo colectivo no es otra cosa que el sujeto de lo individual“.(8)

Un artículo de Anabel Salafia publicado en la Revista Lapsus Calami 3(9) sitúa de un modo esclarecedor el estatuto de esta formulación, así como el peso que tiene en la política del síntoma; “el sujeto no es el individuo. El sujeto supone la correspondencia de su división con la pluralidad intrínseca del ser hablante, pero uno y otro no se confunden “.

Como en el sueño y el chiste –formaciones del inconsciente en las que no es fácilmente localizable el sujeto– la no correspondencia de los lugares con las personas muestra que en las formas sociales –para el psicoanálisis–no se trata de contabilizar individuos, sino de definir lugares (al menos tres) entre los cuales el sujeto pasa.

Así la oposición individual/colectivo da un cuarto de giro que localiza la multitud en la estructura propia del ser hablante “que no es nunca uno, ni siquiera cuando duerme”(10). Hay un sujeto de la ficción, de quien alguien está hablando, y hay un sujeto que sueña esta ficción.

De esta misma terceridad da cuenta el funcionamiento del dispositivo analítico, en donde alguien dirige su voz reconociendo que ahí hay otro, para que en ese mismo acto el que habla escuche que es él quien dice.

A esta descomposición múltiple, inherente a la estructura misma del sujeto, no escapa la clínica psicoanalítica con niños que vuelve más evidente aún que la subjetivación siempre requiere “más de uno (que es diferente de ser uno más)”(11). 

Nos acercamos así a dos cuestiones. Una, que para el psicoanálisis la masa no es una formación contingente, porque está en el fundamento de la existencia, en aquello que nos vuelve sujetos del lenguaje; colectivamente más de uno, lo que no implica pérdida de la singularidad. Y otra, que es el narcisismo aquello que la pluralidad amenaza.

Jean Claud Milner proporciona una definición de la masa que conjuga la multitud exterior e interior (quizás sea más preciso decir el anverso y el reverso) que persiste en lo más íntimo de cada uno.

El ser parlante se imagina con júbilo como un prodigio único, otro modo de decirlo: “His majesty the baby”(12), ¿acaso no es a esto que refiere la estructural función del narcisismo primario en la doctrina freudiana? 

“En cuanto se descubre como hablante, le parece que su singularidad está apoyada en su cualidad de ser hablante, cree entonces que es el único en serlo y cuando se las ve con interlocutores, no son considerados sino como sus ecos pasivos”(13).

Pero tarde o temprano el sujeto experimenta una herida a la vanidad, lo seres hablantes son irremediablemente y para siempre, varios; no importa tanto que se le parezcan o no, que sean cercanos o no, todos los seres hablantes lo son tanto como él. 

Y más aún, cada sujeto experimenta que por ser hablante ¡no goza de ningún privilegio!, que nada le otorga la garantía de que algo pueda hacer cesar su virtud hablante, en otras palabras: nada lo vuelve inmune al “contagio”; y mucho menos la pluralidad de otros como él.

Lo que confirma aquella trasposición que Lacan se permite de lo que Freud articula, diciendo: “el peligro en el interior del sujeto es el mismo que el peligro en el interior del rebaño…lo individual y lo colectivo son un único y mismo nivel”(14) –no siendo menor que esto lo haya dicho en el seminario La transferencia, en el que la reunión de los analistas entre sí, otra forma de lo colectivo, es tomado como un tema–.

Durante el tiempo que el sujeto pase hasta comprender la existencia de esta multitud, podrá escucharse a sí mismo proferir palabras, pero no es aún sujeto del lenguaje, es en sentido estricto un infans, el que no habla.

Pero el día en que cada quien descubre para siempre que tendrá que vérselas en el mundo con la pluralidad de los otros, ese día comienza el final de la infancia. Y quizá también una nueva relación a lo colectivo, que como antes fue dicho equivale a la división del sujeto.

Un niño, hace varios años atrás, inicia un tratamiento, estaba en permanente soliloquio con sus pensamientos sonorizados; el alivio llega cuando la dimensión significante acalla el tormento metonímico en favor de la metáfora que puebla su fantasía.

Recientemente refiere en sesión extrañar mucho el encuentro presencial con sus amigos, (que está impedido con motivo del confinamiento social por la pandemia) y comenta con cierta tristeza –probablemente proveniente de lo que ha descubierto en el mismo acto de decirlo–:

lo peor del encierro es que no están tus amigos... la diferencia cuando estás con tu amigo, ¿sabes cuál es? Que entre los dos se te ocurren más juegos para jugar que uno solo”.

Indudablemente son necesarios más de dos individuos, para que exista un sujeto del juego; y a la vez puede ser más de un solo juego.

De modo que, aunque el sujeto hablante sea siempre más de uno, y hable por ello como una multitud, eso no equivale a hacer masa con otros. Precisamente porque si algo comporta lo colectivo con su efecto de división, es que ese “más de uno” no diluye la singularidad del sujeto, lo que sí produce el fenómeno hipnótico de la masa.

El animal del rebaño, en el momento en que sale corriendo ante la señal que da la bestia vigilante (jefe o caudillo), él “…es el rebaño”(15). Su acción acoplada al grupo tampoco trae un orden al rebaño; al contrario, ya que por ser el efecto de la comunicación imaginaria profundiza el borramiento de las diferencias, de las marcas del sujeto propio del contagio. 

En definitiva, la existencia del sujeto no es sin la pluralidad de los otros. Pero en ocasiones la emergencia de esta alteridad, puede volverse para el sujeto el objeto de su fobia –de la que puede intentar protegerse hundiéndose en el rebaño–; o aquello sobre lo que haga recaer su desconocimiento que toma cuerpo en el aislamiento; o bien, en el peor de los casos, la radical exclusión que se ve realizada en la segregación y la indiferencia.


  1. S. Freud. “Psicología de las masas y análisis del yo”. 1921
  2. Erik Porge. “Transmitir la clínica psicoanalítica”. 2007. Pág 164. Nueva Visión
  3. Op cit 2
  4. Op cit 2
  5. J. Lacan. Seminario XI “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, pág. 280 Ed. Paidós. Barcelona 
  6. J. Lacan Seminario II “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”,  pág 243. Ed. Paidós. 1997. Barcelona 
  7. Op cit 2
  8. J. Lacan Ecrits. “Le temp logique et l’assertion de certitude anticipée”. Pág Ed. de Seuil. París. 1966
  9. Anabel Salafia y otros. Revista Lapsus Calami nro 2. “Política y práctica del psicoanálisis”, pág 43. Ed Letra Viva. 2012. Argentina. 
  10. Jean Claude Milner. “Por una política de los seres hablantes”. Breve tratado político 2,  pág 15. Ed Gramma. 2013, Argentina. 
  11. Op. Cit  9. Pág 41.
  12. S. Freud “Introducción al narcisismo”. 
  13. Op cit 10, pág 12. 
  14. J. Lacan Seminario XVIII “La transferencia”, pág 409. Ed. Paidós. 2003.
  15.  Op cit 14, pág 409.

Gisela Avolio, actualmente trabaja como analista, es miembro fundadora de la Escuela Freudiana de Mar del Plata, y miembro de Fondation Européenne pour la Psychanalyse. Fue Residente de Psicología en el Htal. Subzonal especializado Neuropsiquiátrico Dr. Taraborelli (Necochea, Bs. As.). Dicta clases en las actividades de la Efmdp, y allí coordina el dispositivo Práctica psicoanalítica con Niños y Adolescentes, desde 2010; actualmente es docente y supervisora de la Residencia de Psicología Clínica de los Hospitales Provinciales de Necochea y Mar del Plata. Y dicta clase anualmente en Centre IPSI de Barcelona. Desempeña la práctica del psicoanálisis en el ámbito privado.

Un comentario en “El final de la infancia o advenir a lo plural. Por Gisela Avolio.

  1. Texto sustancial ,el que nos ofrece Gisela Avolio; nos permite pensar algunas coordenadas tanto de la contingencia actual como de la estructura . Destaco , en esa dirección un párrafo esencial “…el día en que cada quien descubre para siempre que tendrá que vérselas en el mundo con la pluralidad de los otros, ese día comienza el final de la infancia. Y quizá también una nueva relación a lo colectivo, que como antes fue dicho equivale a la división del sujeto.”

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