Del amor al Padre al amor del padre, o de la servidumbre de sí a la lógica de los cuidados. Roque Farrán.

Hay algo de la raíz del mal, del huevo de la serpiente, que brilla o encarna también en nuestros decires más sofisticados; aquellos que, aunque intelectuales o teóricos, no dejan de tener efectos sobre la trama social y política. Sobre eso tenemos que interrogarnos e implicarnos: las complicidades, proteccionismos, rigideces y dificultades para armar una escena de pensamiento vigorosa, abigarrada y vital, esencialmente abierta, que contagie potencia y no nos envuelva en la lógica envilecida de la deuda y las agachadas permanentes. Expresiones como “cocerse la boca” o los pactos de silencio que no son fidelidades inventivas, valientes u osadas, sino cobardías morales que nos hacen retroceder ante el deseo y preparan lo peor. Algo tiene que caer, y sabemos qué es: el padre o le peor…

En el siglo II de nuestra era, el filósofo estoico Séneca describió perfectamente el mecanismo subjetivo por el cual caemos en la “servidumbre de sí”, raíz de todas las demás servidumbres: “Quien es esclavo de sí mismo sufre el más arduo [gravissima] de todos los yugos; pero deshacerse de él es fácil: dejar de plantearse mil exigencias; no recompensar más el propio mérito [si desieris tibi referre mercedem]”. El dispositivo neoliberal se inserta perfectamente estimulando ese mecanismo de obligación-deuda-recompensa, que Foucault describe muy bien: “Uno se impone una cantidad de obligaciones y trata de obtener con ellas cierta cantidad de ganancias (ganancia financiera, ganancia de gloria, ganancia de reputación, ganancia en lo tocante a los placeres del cuerpo y de la vida, etc.). Vivimos dentro de ese sistema obligación-recompensa, ese sistema endeudamiento-actividad-placer. Eso constituye la relación consigo mismo de la que debemos liberarnos.” El confinamiento no ha hecho más que aumentar la percepción de ese mecanismo patético, a través de la virtualización de las tareas y la inutilidad de las exigencias en un mundo cuyo destino es absolutamente incierto. Ahora, como siempre, se trata de liberarnos de ese yugo. La libertad no es hacer lo que se quiere, según motivos que habitualmente desconocemos, sino elegir un modo cuidado y adecuado de hacer lo que hacemos.

Decimos ante la crisis y el malestar imperante: es la Pandemia y no la Cuarentena; como también: es la Academia y no la Universidad. Reconocemos la causa real de la crisis, por un lado, y sostenemos la respuesta institucional, por el otro. Pero también sabemos que el virus (biológico o neoliberal) ha afectado nuestra forma de vida y no podemos seguir eternamente bajo estas formas condicionadas. Tendremos que reinventar los modos de distanciamiento, formación y transmisión. Lo real del virus nos muestra lo inadecuado de nuestras respuestas en tanto formas de vida sustentables a largo plazo. Quizás la verdadera vacuna sea parte de la necesaria renovación institucional a todo nivel: la familia, los medios, las universidades, el Estado. En consecuencia, a interrogarnos: ¿qué es un padre, una madre?, ¿qué un profesor/a?, ¿qué un comunicador/a? Sí, estamos verificando nuevamente algo que olvidamos por estructura: la racionalidad profesoral no puede contra la estupidez mediatizada. Una falla inmensa de la educación pública y la democracia: no formar a los sujetos para que puedan dar cuenta de sí mismos y no sean hablados por el Otro de manera tan grosera y suicida.

Lo que me interroga hace tiempo es: ¿cómo dejar de ser esclavos de nosotros mismos? Séneca la hace fácil, como vimos: dejar de exigirnos mil cosas y de compensarnos por ellas. Cortar el mecanismo de actividad-deuda-recompensa, traduce Foucault. El punto no obstante, para mí, es interrogarnos por qué necesitamos de continuo recompensas y compensaciones por lo que hacemos. Es ahí donde encontré un concepto afectivo clave, en Spinoza: el contento de sí mismo. Volver a conectarnos con esa gratificación de hacer las cosas por el solo hecho de hacerlas, por la potencia que allí se expresa, luego ver cómo eso se puede componer y amplificar. Pero lo primero es sentir la alegría que brota de considerarnos a nosotros mismos y considerar la potencia de obrar. El desbalance afectivo que hace que solo obtengamos gratificación vía compensaciones o privaciones de los otros es, por contrario, la raíz de todas las servidumbres. Si emprendiéramos cada cosa que hacemos con aquella atención, con aquel cuidado, con esa inquietud dirigida por la simple alegría de hacer y no por mandatos morales o cálculos de recompensa, otra sería la historia.

Nunca es demasiado tarde para cuidar de sí, por eso aconsejo seguir lo que dice en su muro de Facebook Alicia Stolkiner, una abstinencia que practico desde hace años: “He decidido, por lo menos por un tiempo, seleccionar con mucho cuidado cómo me informo y minimizar ser audiencia de programas de noticias en la TV. A mi gusto la mayoría son malos y producen o canalizan ‘pasiones tristes’. Puedo leer, hay fuentes más confiables y que incluyen análisis interesantes. No necesito tanta estridencia y apelación a emociones y tan poca información confiable. Lo consideraba una obligación para saber que se informa. Pero puedo dejar de lado algunas ‘obligaciones’. Si creo que como usuarios de esos ‘servicios’ podemos comenzar a prescindir de ellos hasta que no se comporten como captores de servidumbre. Ya comencé este fin de semana y el resultado anímico fue bueno. Lo aconsejo, libra de una especie de goce morboso.”

Por supuesto, explicita algo que quizás varixs practicamos, promocionamos y promulgamos hace tiempo, pero lo interesante es que el enganche televisivo no depende de la edad, la experiencia, la inteligencia o la formación, ni siquiera la adscripción ideológica, sino de un mecanismo muy tramposo que indica el fetichismo de la información y se formularía más o menos así: “yo no creo nada de lo que dicen pero hay otros que sí, por eso debo (obligación) informarme viéndolos”, etc. Y lo que infunden así son venenos, pasiones tristes, modalidades afectivas, no simples informaciones. Para mí, por eso mismo hay que recuperar la filosofía como práctica de sí, práctica de cuidado extendido que incluye abstinencias, pruebas, ejercicios, etc. En la actualidad incluiría ese ejercicio de abstenerse de consumir productos informativos de tan mala calidad. Recuerdo que mi padre era medio estalinista: no me dejaba ver ciertos programas y a mí me molestaba mucho esa prohibición; luego pude ver toda la basura que quise, pero quizás ese efecto formador haya alcanzado a marcarme, no por mero capricho, sino por la lógica del cuidado que implicaba. Hoy puedo decirlo y escribirlo.

Es que la filosofía, como dice Badiou, no existe sino bajo condición de procesos materiales actuales que resignifican el pasado. Al pensar en términos de prácticas en lugar de significantes, se pone a las limitadas significaciones en su lugar: un material más a trabajar. Las prácticas de cuidado exceden las funciones (maternas o paternas, profesorales o comunicativas) y permiten transformarlas. Desde ese lugar otro de las prácticas hablo de cuidados en las funciones (no todo es fatalidad o significante fálico: medidas, crímenes y castigos). En ese sentido, por ejemplo, estoy escribiendo un texto que anuda populismo, feminismo y psicoanálisis; allí sostengo que el Padre no existe, es un mito, a veces violento; por ende no hay que deconstruirlo, sino constituirlo. Padre de verdad no se nace (por el simple nacimiento del hijo), padre se hace, como una mujer, con la misma delicadeza o cuidado.

Dejar caer el “amor al padre”, como idealización o búsqueda incesante de un significante amo, implica interrogar su función y transformarla en una práctica concreta: ya no el amor al padre, sino el amor del padre. ¿En qué consiste el amor del padre? No hablemos del amor en general, ese que es materia de una vulgata literaria, ni tampoco de los casos que analizamos con curiosidad antropológica o por propedéutica psicoanalítica; hablemos del amor real, ese modo singular que cada quien ha hallado de responder al fracaso de la relación sexual sin salir espantado. Hablemos de los días inmóviles, de las hojas que caen, de la materia que se descompone, de las experiencias reales, del amor material y la falla epistémica de los sexos. No nos contemos historias dulces para distraernos del encuentro con lo real, justo cuando se aproxima el fin certero de todo relato. Quizás otra cosa empiece, pero dependerá de nuestra entera honestidad para responder a ello: ya no más divididos entre la miseria y el espanto, sino anudados por partes irreductibles.

Es el día del padre, mi hija mira a la cámara del celular y explica su primer jaque mate: expresa claramente el contento de sí, como cuando se subió al árbol más alto, cuando patinó o bailó con júbilo. Ojalá nunca olvide esas primeras veces, con las pérdidas y fracasos inevitables que vendrán, pero sobre todo que nunca la convenzan que superar a los otros es más importante que la simple alegría de poder. A ella como a mí nos encantan las hojas del ciruelo y de la enredadera, las hemos visto mutar de color y las esperamos caer para juntarlas y hacer collages. A veces también sacudimos el árbol con fuerza o las cortamos porque no tenemos paciencia y queremos jugar: las metemos entre libros y dejamos que se sequen allí. Son así los ciclos de la vida: naturales, culturales y lúdicos. Lo que cae tiene que caer, para pasar a otra cosa: la potencia no está en la indecidibilidad, sino en el acto.

Spinoza concluye su Ética afirmando que la virtud es rara y arduo el camino para alcanzarla, pero no imposible. Cualquiera puede poseer el verdadero contento del ánimo, y ejercer la libertad con sabiduría. Quizás el mayor problema, no obstante, no sea la diferencia entre el ignorante que se encuentra zarandeado por afectos que desconoce y por eso invoca el libre albedrío, por un lado, y el sabio que conoce adecuadamente la causa necesaria de lo que le afecta y actúa en consecuencia, por el otro; sino el manipulador o denegador que, sabiendo lo que le afecta, no hace nada para remediarlo; porque este último hace más daño aún que el ignorante.


Roque Farrán. Escritor, filósofo y psicoanalista. Investigador adjunto del Conicet. Ha escrito Badiou y Lacan: el anudamiento del sujeto (Prometeo, 2014), Nodal. Método, estado, sujeto (La cebra/palinodia, 2016), El uso de los saberes. Filosofía, psicoanálisis, política (Borde Perdido, 2018) y Nodaléctica. Un ejercicio de pensamiento materialista (La cebra, 2018); además ha editado y coordinado junto a E. Biset y otres miembros del Programa de Estudios en Teoría Política la publicación de los siguientes libros: Ontologías políticas (Imago mundi, 2011), Sujeto. Una categoría en disputa (La cebra, 2015), Estado. Perspectivas posfundacionales (Prometeo, 2017), Métodos. Aproximaciones a un campo problemático (Prometeo, 2018).

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