Un cuarto propio. Por Helga Fernández.

Las ilustraciones de este texto fueron realizadas por dibujantes de varias partes del mundo, expresando el confinamiento en la pandemia.


1. Virginia Woolf,  en 1929, publica A room of one’s owns, compuesto a partir de dos conferencias previamente preparadas con el título de “La mujer y la literatura”, para un grupo selecto de damas en Cambridge. La primera y tal vez más importante de todas las conclusiones llega apenas comenzado el libro:

“Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”.

2. Benjamín escribió un texto acerca de la habitación en la que Goethe trabajaba. 

“Se sabe cuán sencilla era la habitación en la que Goethe trabajaba. Es baja, no hay alfombras ni ventanas dobles, los muebles no son imponentes. Fácilmente podía haber conseguido una habitación mejor. Ya por entonces había sillones de cuero y almohadones, aunque la habitación no se adelanta en absoluto a su tiempo. La voluntad mantiene las figuras y las formas de los armarios. Nada debía avergonzar la luz de las velas bajo las que el anciano se sentaba a estudiar por las noches, con la camisa de dormir y los brazos extendidos sobre la almohada desteñida. Pensar que hoy en día sólo se vuelve a encontrar el silencio de esas horas en la oscuridad de la noche, pero si se pudiera escuchar ese silencio se podría rescatar la conducta decidida e íntegra, la gracia irrepetible de esas últimas décadas en las que el rico tenía que sentir el rigor de la vida en su propio cuerpo. Aquí se homenajeaba el anciano en las inmensas noches en compañía de la preocupación, la culpa y la necesidad antes de que la endiablada aurora del confort burgués se asomara a la ventana. Todavía esperamos una filología que descubra ante nosotros ese ambiente próximo y determinante de la verdadera antigüedad del poeta. Esta habitación era el pilar de la pequeña construcción que Goethe dedicó a dos cosas: al sueño y al trabajo. No se puede llegar a apreciar lo que significó la vecindad en ese pequeño dormitorio y en esa pequeña habitación de trabajo tan aislada como un cuarto de dormir. Sólo el umbral y un escalón lo separaba de la cama mientras trabajaba, y, al dormir le esperaba su obra para separarlo todas las noches de sus fantasmas. El que por una feliz casualidad se encuentra en estos espacios puede reconocer la disposición de las cuatro habitaciones en las que Goethe dormía, leía, dictaba y escribía, y puede reconocer la fuerza que hacía que el mundo le contestara cuando tocaba en lo más íntimo. En cambio nosotros debemos conseguir un mundo de matices para hacer sonar ese débil tono sostenido en nuestro interior.”

Woolf y Benjamin están de acuerdo, una y otro acentúan la necesidad de la habitación propia para que una escritura tenga lugar. Forzando un poco más la cuestión, ambos también acuerdan en que para hallar la disposición de la escritura es indispensable una cierta economía, y quien dice economía dice  mucho más que dinero.

Aunque la escritura del inconsciente no siempre coincida con la escritura de la letra impresa, nosotros, practicantes del psicoanálisis, constatamos que para que el sujeto tenga lugar también es necesaria su morada, delimitada del Otro. El inconsciente se hace discurso en la experiencia del análisis, siempre y cuando exista un sitio delimitado por cuatro paredes y un encuadre, al que llamamos consultorio. O mejor dicho: un análisis se lleva a cabo en esa habitación que se edifica al unísono del decir analizante. 

Como ante una nueva cadena de elaboración alguien puede decir “esto nunca lo había pensado” o “cómo no se me ocurrió antes”, también puede llegar como efecto la imagen de un habitación en la que alguna vez estuvimos o creemos haber estado, apareciendo en la vida despierta o en ciertos sueños donde, por ejemplo, se inaugura un cuarto nuevo en nuestro hogar o donde las moradas que supimos habitar se compenetran y confluyen. Porque, en definitiva todos los refugios, todos los albergues, todas las habitaciones, en su función significante, traen consigo la Otra Escena. 

El inconsciente reside (aunque tal residencia sea intermitente, esporádica, de apertura y cierre).

Si el yo no es dueño en su propia casa, ¿de qué otra casa se trataría más que del inconsciente?

El inconsciente, en un sentido imaginario con una función simbólica, puede imaginarizarse como un lugar en el Otro, como un cuarto propio. 

 

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Castillos de arena. 

El hacinamiento de un cuarto en el que viven más de seis personas.

La casita del árbol. 

Cajones, cofres, armarios.

La habitación propia que no se tuvo. 

Tienda de sábanas.

La casa de la familia que ardió en el fuego o que el abuelo perdió por una hipoteca.

 El rincón de los juguetes.

La cabaña frente al mar o en la inmensidad de la montañas, soñada.

El candado del diario íntimo de la piba de 15. 

La guardilla del ático.

El escondite secreto. 

Y, el anhelo siempre abierto de otra parte.

Variaciones de lo fundante y fundamental.

El espacio propio, el recinto, la casa, en un sentido significante, conllevan una poética: una imagen que, a diferencia de la imagen que en la inhibición es representación mental, pone en marcha la elaboración del trabajo inconsciente, produciendo, no un taponamiento sino a una resonancia y una repercusión que llama a otras representaciones. La imagen poética no es el eco de un pasado ni reedición de una elaboración que ya forma parte de la escritura del inconsciente, más bien es el balbuceo de representación que se impone sin explicarse, convocando a, suscitando a que algo se produzca, en el lugar de a (como Lacan refiere del tigre del papel o del objeto de la fobia en el seminario De un Otro al otro, en la sesión 16).

Lo imaginario no siempre conlleva el aplanamiento ni es necesariamente plano, depende del anudamiento o desanudamiento que mantenga con lo simbólico. Una vez que Freud  abandona la hipnosis, antes de considerar el valor de la asociación libre como regla fundamental, hace uso de aquel método intermedio que consistía en apretar la frente del analizante y solicitar que describa la imagen que le venía a la mente. Desde esa imagen primigenia surgió la asociación libre, dado que una imagen con función significante llama al trabajo de concatenación o, por su novedad, pone en movimiento toda la actividad lingüística, tal y como Lacan refiere de la función del grito como una simplificación de la causa del aparato psíquico. La imagen poética o con función significante es una emergencia del lenguaje, un acontecimiento psíquico, un impulso vital de reverberación. 

La fobia nos enseña que un animalito de dibujo (ilustración de libros, imágenes de cuento), con función significante, puntúa lugares, tanto como la imagen poética nos enseña que su radiación o destello delimita e inaugura espacios del decir. 

El imaginario de la fobia, o del objeto de la fobia, y el imaginario de tal imagen poética suponen un imaginariamente simbólico, el mismo que Lacan atribuye, como aquí, a la poesía. Un imaginario en las antípodas del imaginariamente real de la pesadilla, donde la habitación del sueño o la Otra Escena cae, se rompe, se interrumpe.

En los estados de la estructura que suponen lo que llamamos fobia como encrucijada suele acontecer el miedo a los espacios abiertos o el miedo a los espacios cerrados: la agorafobia o la claustrofobia. A veces el miedo no es claro en consecuencia con que todavía la fobia es difusa. Es raro que el ser hablante en cuestión pueda formular el miedo al afuera más que en acto, a través del encierro mismo o de su imposibilidad. Pero si consideramos que el miedo es efecto de la construcción de la fobia, una protección ante la angustia automática o ante un goce ajeno al sujeto por la dificultad para elaborarlo, no podríamos llamar estrictamente hablando a este supuesto miedo de la agorafobia y la claustrofobia, miedo. Lo que hablante en esta situación de la estructura puede, más que decir balbucear, es lo relativo a una sensación de abismamiento, de ser tragado o aspirado por el mundo o a la inversa, una sensación de falta de aire, de estrechez, de opresión. 

La agorafobia y la claustrofobia no son simplemente el temor a los espacios abiertos y cerrados, lo que labora en su delimitación es la reestructuración-estructuración del Otro y del sujeto. Su función es la de demarcar muy literalmente y a la vez, imaginariamente con una función significante, un campo, un área, un terreno. A través de este adentro-afuera el sujeto procura, ante al deseo del Otro, hacer un lugar a la inhabitación de un goce que no encuentra recinto.

En el seminario Las formaciones del inconsciente, cuando Lacan habla de las condiciones para que el deseo sea posible, releva la importancia de la función del enclaustramiento. Tan pronto como alguien llega a alguna parte, a la selva virgen o la playa, empieza a encerrarse, clava una sombrilla, estira una manta o traza de algún otro modo un territorio que de ser tocado por otro se sentirá como una invasión o una cercanía molesta. Delimitar el territorio remite a un amparo significante, al amparo que el significante es en sí mismo en tanto recurso espacial-territorial para no ser engullidos por el deseo del Otro.

Entre el adentro y el afuera, entre el entre-dos, en el intervalo, en el interjuego de presencia-ausencia, queda constituido el Otro y el sujeto. 

 

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En este contexto de nuestras vidas, en el que hemos devenido Otakus o ermitaños por obligación, la función de la espacialidad está activa, por lo que es común escuchar el umwelt de la fobia en cada uno de los análisis, más allá de la estructura de cada sujeto. 

El confinamiento preventivo y obligatorio, que trae aparejado lo que nos pasa, sobre todo en el cuerpo respecto de la falta del lazo con el otro, en cierto aspecto podría ser considerado necesario y no solamente por una cuestión de salud pública. Anhelamos salir pero de un día para el otro los bares, las plazas, las escuelas, los negocios fueron cerrados y no son habitables. Las ciudades se promulgaron prohibidas, clausuradas, proscritas y, aunque fuera posible salir, el afuera no está como antes, por lo que el guarecimiento puede resultar necesario.

Si el adentro hace al afuera y el afuera al adentro, hoy el adentro tampoco termina de constituirse, no sólo porque el afuera está clausurado también porque entra por las pantallas y los micrófonos, por las letosas. Antes teníamos un lugar de trabajo y un lugar de intimidad, hacemos todo en el mismo sitio. Por estos días escuchaba a una analizante que había discutido con su jefe y que no se había defendido, quien concluyó que no había podido hacerlo porque escuchar los gritos de este hombre en su hogar la habían intimidado de forma tal que no encontró tal recurso. Algo irrumpió en su ámbito privado y no fue capaz de marcar su posición, de defenderse de lo que ya resultaba una invasión, como si hubieran bombardeado un barco-hospital en zona neutral, dijo.

 

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Si la claustrofobia es el envés de la agorafobia, es lógico que también haya sujetos que bajo una sensación de opresión salgan a reclamar libertad, a los que el confinamiento de cuidado por parte del Estado e incluso por ellos mismos se le configure como encierro o como una privación de sus derechos. 

Es necesario establecer un adentro en el abismo insondable del Otro o un afuera en su encierro estrecho y limitante. En este sentido la agorafobia tiene como envés la claustrofobia y viceversa. Procuramos guarecernos en el interior de un exterior o salir al exterior de un interior, según la cara activa del fantasma de devoración. Sobre fantasmas no hay nada escrito, para algunos el cobijo es el adentro y para otros el afuera.

Trastornado era un término utilizado por la caza. Se llamaba trastornado a un halcón que había sido capturado y al que ya no era posible domesticar por su edad, pero al que tampoco se lo podía regresar al sitio de donde venía porque era tarde para que fuera capaz de permanecer en su hábitat. El trastornado, entonces, es el que padece el mal de la atopía, de la deshabitación, aquel o aquella que no pueden estar estando en ninguna parte. 

La palabra vacío es una palabra comúnmente usada con una connotación negativa, se asocia con lo que se hace insoportable, lo que habría que llenar, colmar o evitar. Sin embargo, la invención del vacío –más importante que la de la rueda y la pólvora– nos trajo al mundo la posibilidad de un espacio que alberga. Desde que el ser humano contó con el vacío, las cuevas fueron la guarida ante la intemperie, el lienzo en el que dejar su huella y la acústica en la que resonó su música. Mi bisabuela, cuando alguien decía me siento vacío o siento un vacío, aconsejaba: Sentaté hasta que se vaya. Habitá, decía –como casi toda persona que tuvo que exiliarse sabía cómo hacerse de un nuevo hogar–.

Con sólo decir casa, viene a nuestra memoria la casa de la infancia, la casa en la que pasamos las mejores vacaciones, la casa de nuestros sueños, la casa a la que queremos llegar rápido cuando estamos cansados, angustiados o cuando tenemos frío. Sin casa no hay infancia, ni recuerdos, ni aire libre, ni imaginación, ni cobijo; allí casi todo lo que es necesario encuentra su morada. 

Estar, un verbo muy difícil de conjugar. Pero un verbo que al ponerse en acto construye un hábitat y a la inversa: sólo es posible existir, contar como uno, si este cuarto propio tiene lugar.


IMG_1570Helga Fernández: Psicoanalista. A.M.E de la Escuela Freudiana de la Argentina. Coordina el grupo de trabajo: El malestar en la cyberlización. (El analista y las letosas). https://www.facebook.com/220092858119170/posts/2644231279038637/?d=n Supervisa, da clases y mantiene conversaciones de formación en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Autora de Tramoya. O la maquinaria de la voz novelada. Ed. Milena Cacelora. Buenos Aires, 2016. Co-autora de Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto I y II. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As 2016; La carta del inconsciente. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2007; Feminismos, de Leticia Martín y otras. Letras del Sur, 2017; Acuerdo en el desacuerdo, Qeja, 2019, y, Identificación, nombre propio, síntoma. Una lectura del Seminario IX. Buenos Aires, 2020. Escribió para diversas revistas: LALANGUE; La Mosca; En el margen, entre otras. Directora editora y columnista de Revista En el Margen. Próximo a publicarse su último libro, Para un psicoanálisis profano, por editorial Archivida.


 

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