Historias Clínicas. Nunca pensé que podían tratarme así. Por Patricia Martínez.

En esta oportunidad, Patricia Martínez, escribe sobre el trabajo que está llevando a cabo en este contexto de pandemia.

Patricia forma parte, con otros, de un equipo de analistas que llevan adelante la atención en “salud mental” en una red de prestaciones. El ámbito es de la Medicina prepaga, donde, ante la pandemia, están trabajando sobre dispositivos para la atención en la virtualidad y para atender a pacientes Covid positivo en aislamiento, entre otros dispositivos que van implementando y ensayando al mismo tiempo.

 

Editorial, Helga Fernández.


Decir que conozco a Beto es impreciso.  Jamás lo vi. Podríamos estar en el mismo lugar y sin hablar no lo reconocería.  Me llega un reporte a mi casilla de Correos: Roberto C.  Paciente de 21 años, con síntomas leves, falta de olfato y de gusto, dolores de cabeza y el número de habitación.

Lo llamo por teléfono. Roberto es cortés y cauto, distante. Contesta las preguntas de manera formal, así me entero de algunos datos más. Trabaja en sistemas, estudia la licenciatura de sistemas y lo primero que hizo al enterarse que se iba a quedar “guardado” unos días fue comunicarse con sus profesores de la facultad para que le permitan entregar más tarde los trabajos prácticos y  no perder la cursada. 

También le  pregunto por su familia y me cuenta que vive con su madre, y que el padre vive con su mujer y tres hermanitas menores en otra casa.

Por costumbre  profesional, luego de presentarme y contarle el motivo del llamado, casi sin darme cuenta en ese momento le doy una versión aggiornada a la situación de la regla fundamental, le digo que podemos hablar de lo que quiera, que lo que quiera decir, lo que le surja estará bien, no importa qué porque lo que diga será importante para mi escucharlo.  Es una invitación.

Se produce un silencio de unos segundos, es tal vez una de las dificultades de la virtualidad, no dar lugar a los silencios. Al hablar por teléfono si el otro no habla no hay referencias para saber si es un problema de la comunicación o simplemente una pausa, un quedarse callado. En esta oportunidad es Beto quien retoma el diálogo y pregunta: ¿Seguís ahí? Y el analista está ahí, en el lugar que le corresponde. Entonces, Beto comienza a hablar de otro modo.

Me cuenta que lo primero que hizo cuando se sintió mal fue ir al hospital, al hospital que fue siempre, en el que lo atienden desde que era muy chiquito por asma, por eso lo primero que hizo fue ir a ese lugar familiar,  desde que trabaja tiene la prepaga y podría haber llamado de entrada y hubiera estado antes ahí donde está, pero él fue a lo conocido, y por primera vez en su vida se sintió discriminado por villero, porque  vive en la Villa de la Paternal,  no le gusta que le digan barrio, le gusta Villa, pero esta vez no le dieron bola y fue y vino sin respuesta  cada vez sospechando más que tenía el corona, a pesar que se cuido, que hizo a rajatabla la cuarentena, más por su madre que por él, tiene miedo, mucho miedo de que ella se contagie porque él es joven y los jóvenes no suelen morirse de este virus, pero su madre es diabética y corre riesgos, eso dicen. Y tiene miedo por el padre que es remisero y sabiendo que a él no le dieron bolilla en el hospital no quiere ir atenderse y le da miedo que sus padres se enfermen y no poder asistirlos y luego lo fueron a buscar de su prepaga y ahora está ahí, y vos me llamas y me decís que puedo decirte cualquier cosa y me estas escuchando, ¿es así?, dice. 

Le respondo que sí, que estoy ahí para escucharlo y entonces me pregunta si yo sé que es el Mundial de Lol y La liga de Let que yo no sé qué son y a él le causa gracia mi ignorancia y me cuenta con entusiasmo que él está en ranking mundial. Roberto me dice que él es Beto, un pibe cuya vida excede el estar contagiado y eso lo alivia.

Acordamos que lo voy a llamar todos los días mientras esté aislado y se produce otro silencio luego pensativo dice: Nunca pensé que podían tratarme así.

Con el correr de los días fijamos un horario de llamada, así yo sé que sos vos a esa hora. Entre las variadas cosas que surgen en la conversación una fundamental es la preocupación por la salud de sus padres a los cuales no quiere decirles que él dio positivo en el test, para que no se preocupe la madre y la preocupación le haga subir el azúcar. Beto va y viene de sus preocupaciones actuales a partes de su historia y en el tercer llamado me dice: Es extraño con el médico y los enfermeros hablo del Covid, con vos habló de mí.

La última conversación que tengo con Beto internado en la unidad extra hospitalaria me cuenta que logró que el padre fuera al Hospital Rivadavia dónde está esperando el resultado del test. Habla mucho de su padre, me cuenta que es peruano, que vino a la Argentina a estudiar derecho, que luego nació él y tuvo que abandonar los estudios para mantenerlo, que se separó de la madre cuando él era muy chiquito, dos años, y que todos sus tíos paternos se fueron para Italia dónde viven ahora luego de la crisis del 2001, pero que su padre no se quiso ir para no perder el contacto con él y ahora que ya tiene veintiún años el proyecto de su papá es irse a vivir a Italia, a Turín, donde lo esperan sus hermanos y él podrá visitarlo porque no cree que pueda dejar a su madre sola y él irse a vivir a otro país. Cuenta también que por el trabajo de la madre, empleada doméstica, y el de su padre de peón de taxi-remisero, ambos trabajaban muchas horas y él se las ingenió para arreglárselas solo, ir a la escuela, al club, nadar, jugó en las inferiores de Argentino Junior y ahora es sostén de la madre que no está pudiendo trabajar.

Al día siguiente me avisan que Beto se fue de alta, era una probabilidad que teníamos prevista, ya habíamos arreglado que si no lo ubicaba en la habitación lo llamaba a su celular. Me atiende, está alterado por primera vez, llegó a su casa y la madre dejó una nota, se fue al hospital por síntomas, parece que ella también se contagió, su peor pesadilla se hace presente.  La madre está en la terapia intensiva del Hospital Tornú, su padre en aislamiento en el Hospital Rivadavia. Él piensa que tiene que salir e ir a ver qué necesitan ocupando el lugar que ocupa hace mucho, cuidar antes que ser cuidado y al mismo tiempo sabe que no puede salir de la casa por los próximos 14 días. Atino a decirle que él está acostumbrado a arreglarse solo pero que está hablando conmigo y que podemos pensar juntos que hacer en esa situación.  Se calma.

Por suerte yo también cuento con otros y el equipo al que pertenezco incluido los médicos que intervienen en todo el proceso nos ayudan a contactar con los hospitales, a idear un seguimiento para él, los médicos no sabían de su situación, no tenían idea de quién era Beto. Solo a modo de comentario puedo decir que esta situación nos sirvió para pensar el modo de trabajar con los médicos, de incidir en el momento del alta. 

Beto continúa su aislamiento en la casa, los primos le acercan lo que necesita y la médica que sigue el caso de su madre lo llama diariamente y le cuenta que la internación en U.T.I. de la madre es preventiva, que tiene un cuadro leve y que lo va a mantener al tanto de cualquier novedad.

En este punto termina mi intervención formal-institucional.  Al día siguiente lo llamó, él dice que esperaba ese llamado, le preguntó por qué y me dice dos cosas: Primero que por los nervios de ayer me olvidé de agradecerte toda la compañía que me diste estos días y porque ahora que sé que no es necesario que siempre me las arreglé solo me gustaría continuar hablando.

 

Epicrisis

¿Por qué los planetas no hablan? Maravillosa pregunta que introduce Lacan al inicio del capítulo XIX Introducción del Gran Otro, del Libro 2 del Seminario: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica.  Tomo un párrafo inicial: “No somos en absoluto semejantes a planetas, cosas que podemos comprobar en todo momento, pero esto no nos impide olvidarlo”, hasta aquí subrayo este olvido, olvido de aquello que nos vuelve hablantes. Y sigue: “ (…) permanentemente tendemos a razonar sobre los hombres como si se tratará de lunas, calculando sus masas, su gravitación”… podemos agregar hoy sus virus y sus concentraciones de oxígeno.

Vivimos en un mundo de dos dimensiones, somos seres planos la mayor parte del tiempo, habitantes de un mundo plano donde rara vez algo nos despierta. Así es como Beto habla planamente, sin peso, sin volumen, permanece adormecido en la seguridad de lo que hay que decir los datos que se esperan de él y que por otro lado supone que el otro no va a escuchar porque espera el DATO que pasará cada mañana: 36 grados 8 de temperatura y 97 % de saturación eso le digo todas las mañanas al doctor.

Pero qué pasa si en esa planitud ofrecemos  escuchar, si estamos ahí en el lugar que un analista debe estar,  porque  importa que el otro hable porque a diferencia de los planetas tiene boca. 

Unos años más tarde, en El saber del psicoanalista, Lacan dirá que a la pareja especular del analista y el paciente se le agrega el muro del lenguaje, es el muro del lenguaje lo que hace a la dimensión.

Por la existencia del muro del lenguaje es que no podemos conocer al otro, podemos sí hacer lazo con él, amarlo tal vez, odiarlo por qué no, pero no se puede conocerlo, porque nos separa del otro el muro del  lenguaje, y es el muro del lenguaje lo que hace a la tercera dimensión.

Y hay analista aún en el dispositivo más impensado, como éste que cuento hoy,  ahí donde sólo se sostiene de una voz, de una voz que sostiene esa invitación a decir, a que diga lo que se le dé la gana, lo que se le ocurra, y en esa regla que ponemos se hace presente entonces la posibilidad, no la necesariedad, pero sí la posibilidad establecida lógicamente para que al hablar algo se diga, para que lo que se dice resuene.

Está ligada a la dimensión de la palabra en el sentido estricto de que tiene que ver con la terceridad posible de la palabra. Y digo “posible” porque la palabra puede funcionar sin tener esta terceridad necesaria. Beto lo dice de un modo muy preciso, con el médico y el enfermero hablo del Covid, con vos hablo de mí, y habla de sí porque aceptó esa invitación a ser escuchado y, entonces, se abre a la posibilidad de la sorpresa. Que algo lo encuentre en otro lugar.

Del lado del analista puedo decir, ahora que lo escribo, que confrontada a una experiencia inédita, careciendo de saber referencial orientativo, convocada a “atender” pacientes Covid positivo en situación de aislamiento, porque se supone que pueden estar angustiados, preocupados, ansiosos  o algo así ante la noticia de haberse enfermado y por el encierro que deberán transitar, lo que como analista tengo para ofrecer es la escucha; estoy ahí y  ofrezco escuchar lo tenga para decir.

Asimetría fundamental que hace al análisis, alguien habla porque alguien escucha.

Vuelvo a Freud, siempre se vuelve a Freud, al momento en que Freud ensaya de qué manera tratar a sus pacientes, está dejando la hipnosis y prueba apoyar su mano en la cabeza del paciente y le dice en el momento que la presión cese usted verá algo delante de usted, o le pasará por la cabeza una idea que será la que buscamos.  Momento fecundo de la historia del psicoanálisis porque Freud ya no presiona como quién busca algo, no conmina a que el paciente le diga algo relacionado con sus síntomas, algo que esté en relación a la enfermedad y que de algún modo la explique, simplemente confía en que lo que diga inmediatamente el paciente, lo que sigue a esa acción de presión que ensaya, eso que aparece ahí metonímicamente, eso es lo que buscamos. Hay, ahí, en este accionar una indicación preciosa, una invitación al paciente a que se atenga a los poderes de la metonimia, a que abandone la ancha avenida del sentido y se confié a decir justo lo que viene después. 

En 1904, cuando escribe El método analítico, ya no pone el acento en el concepto de núcleo patógeno, sino en aquello que lo hizo pasar de la hipnosis a la presión de manos y de ahí a la regla fundamental, la idea de que hay algo que se dice sin saber que se lo dice. Saber que está del lado del que habla, saber inconsciente que se produce en el acto al decir.

Del lado del analista está la confianza de quién enuncia la invitación a hablar, la confianza en el poder de las palabras.

Beto que nunca antes habló con un analista, que incluso no estaba en sus cálculos hacerlo se encuentra con una invitación que acepta, y del lado del analista cabe entonces no renunciar a realizar esa invitación aún en las situaciones que podríamos considerar poco propicias.

Guy Le Gaufey , al tratar el tema de la regla fundamental en el análisis, dice que si Freud tuvo que desembarazarse de la hipnosis, a Lacan le correspondió desembarazarse de la intersubjetividad. Freud construye la regla fundamental, Lacan ubica lógicamente el lugar del Sujeto Supuesto Saber.

Freud intenta confiscar la autoridad crítica, no para apropiársela, sino para disponerla de otro modo, y al hacer eso instituye ese lugar tercero.

Esa es la apuesta analítica, no olvidarse que no tratamos con lunas, que los seres hablantes tienen boca para decir y para encontrarse en ese decir, porque aunque gran parte del tiempo estemos aplanados, el encuentro con un analista es una posibilidad para que sea posible hablar de otro modo, encontrarse en lo que se dice, hacer un lazo con el otro y seguir hablando. 


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Patricia Martínez, psicoanalista.

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