CORRESPONSALES DE URGENCIA. POR BELÉN SÍVORI

Hoy, en este contexto de confinamiento, aislamiento social obligatorio y amenaza de muerte a causa de un virus del que casi nada sabemos, vivimos con la sensación de que mucho de lo que fue dicho “antes de” está perimido o ahora, ya mismo, no es de  utilidad. Al desasosiego se le suma, por contraste, el requerimiento de representaciones que den cuenta de lo que pasa y nos pasa. Por estos días lo único que a algunos nos mantiene medianamente en paz es leer a quienes se animan a decir, aunque se equivoquen o sepan que lo que arriesgan es provisorio y hasta erróneo. Ante el espesor de la incertidumbre, se patentiza la necesidad de discurso, de ficción, de metáforas que nos ayuden a habitar un mundo que se parece mucho a un ultimátum.

En el margen inaugura, esta nueva sección. Nueva, no sólo porque es otra distinta a las que ya existen, también porque aquí no se hablará estrictamente de psicoanálisis. Esto último por dos razones:

Afirmamos fuerte que es necesario para la existencia, no sólo de las personas sino también de los discursos, entrar en contacto con lo otro. Más todavía, si lo otro también es lo que estamos atravesando.

De todos modos y pese a todo, continuamos dentro de la ética del decir. Una ética que lanza a la totalidad del Logos (el modo como Lacan mencionó a la comunidad en tanto soporte de la dimensión simbólica) otra cosa que datos,  y, a la vez que procura seguir diciendo, continúa tramando lo que urge.

Dadas las circunstancias, llamamos a esta sección Corresponsales de urgencia.

El texto de esta publicación pertenece a Belén Sívori, psicoanalista y docente, quien nos transmite en primera persona de sus vivencias al tener que pasar junto a su hija, por el protocolo sanitario ante la presunción de un diagnóstico de Covid-19. Nos brinda así lo que hay de transmisible de la experiencia: el relato y la reflexión.

Editorial: Helga Fernández y Ricardo Pereyra

 

EN EL INTERVALO

“Peso de las piedras, de los pensamientos

Anhelos y montañas

no se miden igual

Todavía habitamos otro mundo

tal vez el intervalo (…)”.  Philips Jaccottet.

Un día.

Es jueves, mi hija de 4 años comienza con un episodio de fiebre y dolor de garganta. Frente a la situación epidemiológica que estamos atravesando, me preocupo y llamo al médico para que venga a verla. En ese momento me informan que al referir como síntoma la fiebre, automáticamente se debía activar el protocolo Covid-19.

Nos vinieron a buscar con una ambulancia, nos llevaron al Sanatorio, la revisaron a mi hija y le hicieron un hisopado para analizar presencia de Covid-19. En ese momento nos informaron que, por protocolo, debíamos permanecer aisladas en una habitación hasta tener el resultado. El protocolo médico se activa para cuidar al paciente y evitar el contagio a otros. A partir de ahí uno es aislado (en mi caso las dos fuimos aisladas por ser mi hija menor de edad), se minimiza todo contacto con el otro. Los controles médicos son llevados a cabo en su mayoría telefónicamente; la voz toma presencia, el contacto con el cuerpo queda en espera.

Encierro del encierro.

En ese momento sentí que el encierro recorría mi cuerpo y me tomaba por completo. Tenía que quedarme aislada con mi hija, sin poder tener contacto con mi marido, ni siquiera con los médicos. ¿Cómo hacer para quedarme confinada en una habitación con mi hija de apenas 4 años?, ¿cómo explicarle?, ¿qué decirle?. Esos días, esas horas fueron eternas y muy duras. Tratar de explicar, de jugar, de acompañar, de divertir sin desesperar; tan solo tratar. Miedo, incertidumbre, angustia, preocupación, ansiedad e impotencia son algunos de los afectos-efectos presentes en ese momento.

Cuando entramos al Hospital mi hija dijo: “¿mamá acá nací yo?, contame¨. Ella estaba conectada con la vida, con ser bien recibido y con la alegría de la bienvenida. Qué maravillosa es la plasticidad psiquíca de los niños y la capacidad de transformar la realidad, ¿no?. Sin embargo, en el aire se respiraba la distancia y el silencio que nos amenzaba. En este momento nadie estaba contento, no había nada que celebrar.

En ese momento la realidad devino siniestra. Freud define a lo siniestro como:

“(…) Siniestro sería aquella suerte de espanto que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás. En lo que sigue se verá cómo ello es posible y bajo qué condiciones las cosas familiares pueden tornarse siniestras, espantosas (…)” (Freud, 1919).

Tomando a Freud y pensando a través de él, de repente la institución hospitalaria, el lugar común y familiar donde uno va a buscar cuidado, asistencia y tratamiento, se convirtió en una realidad hóstil, sin miradas ni palabras que explicaran, una realidad que  amenazaba, expulsaba y cosificaba.

De un momento al otro nos convertimos en una amenaza, en un objeto a controlar y aislar. De un momento a otro, nosotras y los médicos, los médicos y nosotras, éramos peligrosos para el otro. El juego había cambiado, los roles se habían desdibujado. ¿Quién cuida y quién es cuidado?, ¿quién sabe y quién no?, ¿quién cura y quién enferma?. De un momento a otro, lo familiar se convirtió en extraño, la realidad devino siniestra.

Es así como a partir del Covid-19 aquello que estábamos acostumbrados a llamar realidad, el contacto familiar y cercano, sobrevino en algo extraño, angustiante y ajeno. Lo que era dejó de ser, lo que era, no es.

Lo estricto y riguroso del protocolo conduce a que haya una serie efectos secundarios no buscados, en el paciente, en los médicos y en el personal sanitario. ¿Quién se ocupa de la Salud Mental?, ¿quién cuida a los que cuidan?, ¿cómo priorizar la salud mental?

Entrar en el protocolo es una concatenación de situaciones que arrasan la subjetividad.

Entrar en el protocolo es salir de uno, para entrar en un todo, pues el protocolo reza que todos debemos ser tratados de la misma forma; no hay diferencia.

Entrar en el protocolo es salir de lo singular, es dejar de ser sujetos de deseo, para pasar a ser sujetos al protocolo.

¿Cómo alojar un mínimo de singularidad?

¿Qué lugar dentro del protocolo?

¿Qué lugar?

Siempre, todo, todos, ninguno, ¿no hay demasiada ambición en esos significantes?

//

 Pd: el resultado del hisopado fue negativo

 

Belén Sívor es Psicoanalista, actualmente docente en la facultad de psicología, UBA. Supervisora en la Maternidad Sardá. Analista de jóvenes y adultos en consultorio privado.

 

 

 

Un comentario en “CORRESPONSALES DE URGENCIA. POR BELÉN SÍVORI

  1. El texto de Belén sívori interpela desde lo más íntimo : “Entrar en el protocolo es salir de lo singular, es dejar de ser sujetos de deseo, para pasar a ser sujetos al protocolo.¿Cómo alojar un mínimo de singularidad?” Convoca desde el cuerpo afectado “en el encierro del encierro” a una apertura imprescindible.

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