LA DISTANCIA Y EL INSTANTE, UNA ESCENA COTIDIANA. POR SEBASTIAN GRENDAS

El relato de un hecho que comenzaba a ser cotidiano a principios del siglo XX, una simple llamada telefónica, confronta al joven protagonista de “En busca del tiempo perdido” con las perplejidades de relacionarse con otro a través de la técnica; la novedosa instancia por entonces de estar sin estar, de la sustracción del cuerpo y de la mirada.

A un siglo de la publicación de la icónica novela, Sebastián Grendas nos conduce hacia la narrativa minuciosa de Marcel Proust, posando sobre ella un prisma lacaniano en articulaciones respecto de la letra, de la topología de las palabras y del tiempo mismo; y del tiempo perdido y que nos pierde, porque todo progreso, finalmente, lleva la marca de la muerte.

Editorial: Ricardo Pereyra

 

“Porque el idioma de los lacanianos incorporará la lección de Joyce sin olvidar la de Proust”

Germán García

 

“Una mañana Saint-Loup me confesó que había escrito a mi abuela para darle noticias mías y sugerirle la idea, ya que había un servicio telefónico funcionando entre Donciéres y París, de hablar conmigo…”[1] este va ser el modo en que el narrador intentara acercarse a su abuela, a quién desea ver desde su llegada a la comarca francesa.

En ese despliegue topológico de las palabras que Proust construye alrededor de los acontecimientos más cotidianos, donde los hechos son relatados con esa preciosa importancia de la detención, del descuido por lo inmediato, donde los sujetos quedan tomados por un particular lenguaje: en un decir que en su aparente exceso, bordea el agujero de lo real, impidiendo que el goce se parasite en un punto de sentido.

Proust relata el desborde inherente a cada acontecimiento, aquello prolifera, en las torsiones y pliegues que hacen de lo dicho la condensación de un fluir, que se anuda con las vueltas que un sujeto da alrededor de los hechos de su vida. Para hacer síntoma de lo acontecido es necesaria la ficción de la verdad, esa historia que se construye con secretos, enigmas y misterios que hacen del plus de gozar un resto de letra y lectura.

Entonces el narrador proustiano hace del desborde pasaje, a un corte que no se puntualiza, sino que se agujerea en la pertinencia del desajuste a lo sucedido, el acontecimiento queda en suspenso hasta que sea narrado por las distintas aberturas que se producen en el discurso de un sujeto, como si el pasaje por esas múltiples refracciones del lenguaje hicieran de lo sucedido un hecho: la iluminación de una opacidad, y el acontecimiento se destartale, se conjugue, y ya no sea más que una anécdota para que el sujeto hable.

“En una palabra, el mismo día, ella debía hacerme llamar al aparato…”  el uso del teléfono no era común, ni cotidiano en esos momentos, y una de las primeras instalaciones se encuentra en un cuartel militar, donde su amigo Saint-Loup presta servicio, ese es el lugar al que debe acudir el narrador para hablar con su abuela, para esperar su llamado.

“No encontraba demasiado rápido para mi gusto en aquellos bruscos cambios, la admirable magia a la que bastan unos instantes para que aparezcan cerca de nosotros, invisibles pero presentes, el ser con el que deseamos hablar”[2].

Ser quién habla es el obstáculo con el cual va a encontrarse el narrador, luego de la queja se comienza a vislumbrar las dificultades que se ponen en juego en lo inmediato de una comunicación telefónica, “un tiempo que no era forzosamente el mismo” y el desconocimiento de “circunstancias y de preocupaciones que ignoramos”[3] entonces de producirse el llamado esa voz en el oído del narrador no es más que una dispersión de leguas, la lejanía se conjuga en una homofonía, son centenares de lenguas las que se presentan para hacer de lo más cercano un ser desconocido.

Próximo a  ese acontecimiento, notamos la función que adquiere el capricho en el narrador, “el momento en que nuestro capricho lo ha ordenado”; convoca a un momento de orden; en donde de esas centenares de lenguas solo se haga presente, la de su abuela en París, una palabra que responda al aparto del lenguaje que desordena, trastorna, oscurece lo ordenado por el capricho.

El deseo del narrador, esa compulsión al encuentro que lo dispara a lo inmediato de un llamado, queda obstaculizado en una fábula que narra la historia de una maga, que frente al pedido de “un deseo por el expresado” la respuesta empieza a torcerse y en una la claridad “sobrenatural”, permite la aparición de los seres queridos llamados ”muy cerca del espectador y sin embargo muy lejos”; y lo sobre natural de ese claro es la distancia que permanece, ese lugar presente y distante, ese pliegue del espacio, que dice del lugar donde esa persona permanece, cercana y lejana al mismo tiempo. La imagen se trastoca en una especularidad no correspondida, se puede ver una ausencia, se presencia una fuga.

El capricho vuelve para ordenar, “no tenemos, para que se realice el milagro, más que acercar los labios a la tablita mágica y llamar”, son épocas iníciales y se necesitaba de las operadoras para establecer una comunicación telefónica, más allá de cómo son nombradas, de lo oculto de sus rostros, son aquellas que en su función posibilitan pero obstaculizan, como si Proust advirtiera que es necesario el obstáculo para operar con el lenguaje; algo que dificulte aquello que el capricho viene a ordenar: el encuentro de un narcisismo compacto, en una imagen frente a otro que se constituye como medida y semejanza, pero el obstáculo funciona como una doble vertiente “los ausentes surgen a nuestro lado” y “sin cesar vacían llenan, trasmiten las urnas de los sonidos”

Es la ironía proustiana, la que hace de las urnas los lugares de transmisión, son los depositarios, alojan y limitan un vacio, hacen de borde, donde los sonidos se transmiten a condición de este vacío lleno, que vuelve a constituir una torsión, un pliegue, en el decir.

Y si la voz se presenta, “tan cerca del oído” que está lejos,  es porque el narrador sabe de la desilusión de toda cercanía “lo que hay de desilusionante en la apariencia del acercamiento más dulce”, los ausentes surgen en un orden que reclama la presencia, que ocluya la alternancia de las urnas, en un desborde de completud, en donde lo que comienza a sonar es la presencia de una voz que se encarna en  la angustia de un sujeto que ya no cuenta con la letra para hacer de la presencia ausencia, o de la ausencia permanencia en la letra, Proust entonces puede aquí hacer de la letra sostén de un sujeto frente a la perdida; la voz se vuelve consistente en un  murmullo, donde las palabras están cercanas al equívoco: “murmurar a mi oído palabras que yo hubiera querido besar al pasar por unos labios convertidos para siempre en polvo”, podemos encontrar en Quevedo, otro hacedor de letra, del polvo que habla Proust: polvo serán, mas polvo enamorado.[4] //

Referencias

[1] Proust, Marcel, “En busca del tiempo perdido. Del lado de Guermantes”, Editorial Losada, Ciudad de Buenos Aires, 2003, pág. 134

[2] Op. Cit. Pág 135

[3] Op. Cit. Pág 135

[4]  Quevedo, Francisco de, “Obra poética, tomo I” , Ed. de José Manuel Blecua Teijeiro. Madrid, Castalia, 1969-1971, pág. 657.

 

Foto Editorial

 

 

Sebastián Grendas es psicólogo egresado de la UBA. Psicoanalista. Realizó la concurrencia en el Hospital de Emergencias Psiquiátricas “T. de Alvear”. Actualmente es psicólogo de planta en el servicio de Hospital de Día e instructor de psicólogos que se encuentren realizando la formación en el hospital.

 

foto chica

 

Ricardo Pereyra, Participante de la EFA (Escuela Freudiana de la Argentina); escritor. Editor y columnista de En el Margen. Revista de psicoanálisis.

Contacto: rgp2110@yahoo.com.ar

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