Corresponsales de urgencia. Por Guadalupe Faraj.

En este contexto de confinamiento, aislamiento social obligatorio y amenaza de muerte a causa de un virus del que casi nada sabemos, vivimos con la sensación de que mucho de lo que fue dicho “antes de” está perimido o ahora, ya mismo, no es de  utilidad. Al desasosiego se le suma, por contraste, el requerimiento de representaciones que den cuenta de lo que pasa y nos pasa. Por estos días lo único que a algunos nos mantiene medianamente en paz es leer a quienes se animan a decir, aunque se equivoquen o sepan que lo que arriesgan es provisorio. Ante el espesor de la incertidumbre, se patentiza la necesidad de discurso, de ficción, de metáforas que nos ayuden a habitar el mundo.

En el margen inauguró esta nueva sección. Nueva, no sólo porque es otra distinta a las que ya existen, también porque aquí no se hablará estrictamente de psicoanálisis. Esto último por dos razones:

  • Afirmamos fuerte que es necesario para la existencia, no sólo de las personas sino también de los discursos, entrar en contacto con lo otro. Más todavía, si lo otro también es lo que estamos atravesando.
  • De todos modos y pese a todo, continuamos dentro de la ética del decir. Una ética que lanza a la totalidad del Logos (el modo como Lacan mencionó a la comunidad en tanto soporte de la dimensión simbólica) otra cosa que datos,  y, a la vez que procura seguir diciendo, continúa tramando lo que urge.

Dadas las circunstancias, llamamos a esta sección Corresponsales de urgencia.

Continuamos con un texto de Guadalupe Faraj, a quien le agradecemos mucho.

Editorial, Helga Fernández.


Guadalupe Faraj nació en Buenos Aires en 1976. Es escritora y fotógrafa. También realizó estudios de filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Su primera novela, Namura, ganó el premio Novela Corta Pola de Siero, España, 2011. Escribió Yo no decido qué soñar, serie de narrativa poética incluida en la Antología Y no ilumines los rincones (La mariposa y la iguana). Fue una de las fundadoras del taller de fotografía Luz en la Piel, de YO NO FUI, en la cárcel de mujeres de Ezeiza, Unidad 31. Participó en la coordinación del ciclo de lecturas Brandon Lee, en Casa Brandon. Coordinó Un mundo más, proyecto entre doce escritoras y doce fotógrafas, realizado en el marco de FELIFA 2018, para TURMA de fotografía. Colaboró en las revistas Gata Flora, Almagro, Carapachay, Dulce Equis Negra y Marcopolo, entre otras. En 2018 se publicó Namura en Argentina (Indómita Luz). En 2019 recibió Primera Mención Honorífica en género No Ficción, otorgada por el Fondo Nacional de las Artes, por su libro El año reptil (inédito). Actualmente trabaja como escritora freelance y dicta talleres de escritura y fotografía.

 

en el andeěn (1949)
Grete Stern.

 

Corremos porque olvidamos.

Hace ocho años viví una situación inesperada. Un hecho que no solo me sacó del cotidiano habitual, sino que me puso en la vereda opuesta. En la contracara de lo que había imaginado. Fue una pérdida dolorosa que, desde el punto cero, me ubicó en estado de duelo. Me puso en el duelo.

Durante mucho tiempo no pude escribir, no pude leer ni sacar fotos. O más bien, cuando escribía o sacaba fotos, no conseguía salir del único lugar en el que estaba: lo que había perdido. Todo giraba en torno a esa experiencia: mis diarios, los libros, las imágenes que buscada. Todo era esa experiencia, y yo la materia, la cosa de lo que esa experiencia se valía para poder ser.

Si el presente había cambiado de modo abrupto, el cuerpo –mi cuerpo- también. No había ninguna distancia entre el hecho doloroso que había sucedido y el cuerpo que, bajo esa realidad inquietante, se había vuelto seco, duro pero frágil; inestable y también prudente. El cuerpo se había puesto demasiado animal por el modo de celarse y de estar. El cuerpo era eso que se había perdido, lo que faltaba.

Cuando digo cuerpo, digo lugar donde se imprime la experiencia. Cuerpo como memoria y pensamiento, como lenguaje. Como aquello que se angustia, crea, imagina.

Varias veces, en esa época, escribí la frase “No voy a aprender de esto”. La repetía sin entender demasiado hasta que un momento vislumbré el sentido: no iba a ser mejor persona –como se suele decir en estas situaciones-, a aprehender alguna cosa, por defecto (por default). No iba a aprender de esa experiencia por el hecho de haberla vivido –“atravesar una pandemia nos hará mejores”-. No alcanzaba con decir “yo la viví”. El “yo la viví” suponía –supone-, una posición activa. Un yo que mire pero que no solo mire. Que el acto de mirar, aunque fuera de costado, por el rabillo del ojo, con los ojos entrecerrados o cerrados, suponga intervención. O decirlo de otro modo, para que ese hecho “sirviera de algo”, para que ese llanto se volviera una experiencia reflexiva de la que pudiera hablar sin sentir terror cada vez -pienso en la descripción que hace Bifo Berardi de terror, la “condición en la cual lo imaginario domina completamente la imaginación”-, para que ese hecho se convirtiera, por ejemplo, en ficción, en crónica, en ganas de, iba a tener que generar distancia entre lo que había sucedido y mi cuerpo. Porque, en el punto cero, esa distancia no existía – no existe-.

Llegaría, sí, de a milímetros, a fuerza de encontrarme con la cuestión, a fuerza de encontrarme con el hecho, de hacer el trabajo de dueloLo único que se puede hacer en el duelo es el duelo. Si aparece algo del orden del “hacer productivo”, ese hacer irá a parar ahí. Las ganas de no están disponibles para otra cosa, en cuanto se las quiere direccionar hacia un rumbo distinto, se quiebran y sus partes van a parar a al mismo lugar de siempre. El duelo es la producción del momento.

***

Paso la cuarentena con mi compañero y mi hijo de cuatro años. Nuestra condición es privilegiada, tenemos casa, comida y trabajo. Sin embargo, y quién puede decir lo contrario, esta pandemia nos puso a todos en una situación extraordinaria. No será lo mismo en cada caso -en cada casa-, aunque estoy segura de que para nadie es indiferente.  Y es de esperar que no lo sea.

El cotidiano al que estábamos habituados cambió –cambió el mundo-. El cuerpo no encuentra los hábitos de hace cinco semanas. Una situación dolorosa lo atraviesa. Está en vibración dolorosa -vuelvo a Bifo Berardi-. El cuerpo fue limitado a un espacio. Confinado. Alejado del resto de los cuerpos. Está amenazado, y es amenaza. No. No hay que poner el cuerpo. No hace falta. El cuerpo fue puesto. En la experiencia. Extraordinaria. He aquí la angustia. El cuerpo fue sacado de un lugar y puesto en otro a pesar de su voluntad. Nuestra pregunta reiterada por el qué va a pasar, no encuentra eco. Más bien lo contrario, cae al vacío.

He aquí el vacío.

La imagen de alguien moviendo las piernas a toda velocidad, cayendo. Alguien que intenta – sin conseguirlo- aferrarse a lo que hay. Pero no hay. ¿Qué puede volvernos del vacío? ¿Qué puede volvernos de lo que falta? ¿Cuál es el intercambio?

Sistemas sanitarios colapsados, curvas, estadísticas, miles de infectados. Distancia social, aislamiento, hoteles en cuarentena, aviones cargando toneladas de material sanitario, helicópteros sobrevolando ciudades, cuarteles convertidos en hospitales, respiradores artificiales, médicos infectados, cajones con muertos en las calles, fosas comunes, amenaza de muerte.

El intercambio pide cuerpo en cualquier rango, y en el más alto se paga con vida. El intercambio pide cuerpo muy a su pesar –el cuerpo cae sin querer caer-: el cuerpo fue puesto en la experiencia extraordinaria. Lo único que -por ahora-, volverá del encuentro con el vacío, será angustia.

Cuando hace ocho años pasé por la experiencia de duelo, recuerdo que una psicóloga había recomendado hacer una actividad cualquiera, entonces hice una lista de cosas tan heterogéneas que lo único que manifestaban eran mis ganas de no hacer nada: danza jazz, gimnasia, clases de rock, ángeles, clases de manejo, repostería, cuencos. Me anoté en una escuela de manejo, practiqué, di el examen  y dos meses después perdí el registro. Había perdido el registro a pesar del esfuerzo por conseguirlo. Aunque creo que igual sirvió. Pero lo que hice, lo hice en el limbo de la angustia, de ese terreno doloroso y movedizo que no puede evitarse. La angustia podrá ser negada, nunca evitada.

***

En los días de cuarentena llegaron decenas de mails, tutoriales, pedeéfes y mensajes por wp con ideas para hacer con los hijos. Apenas abrimos unos pocos videos, hicimos algunas videollamadas. En cambio vimos repetidas veces la misma película. Hacer algo en repetición trae novedades, como dice Diana Bellessi en el documental, El jardín secreto, “las variaciones en la repetición”.

La película que mirábamos tenía a un chico como protagonista, un chico que era guardián del resto de los niños, y que llegó a serlo -fue elegido-, después de haber vivido un hecho doloroso que no recuerda. El chico no sabe de dónde viene, cuál es su pasado, por qué terminó siendo guardián de niños. La única forma que tiene de averiguarlo es encontrar sus dientes de leche -los que se llevaron las hadas de los dientes a cambio de dinero- que están en una cajita, junto a miles de cajitas que guardan los dientes de cada niña y niño. Los dientes caídos, los dientes perdidos tienen una particularidad, son guardianes de los recuerdos. Son la memoria. Podría decir que el corazón de la película es el camino de este chico por recuperar sus dientes, recuperar su memoria. Dejar de olvidar lo que fue.

Pero hay algo llamativo -aunque tal vez no sea novedoso porque se repite en varias películas que llegan de Estados Unidos, y que pueden ser hermosas de todas formas-, y es la constante lucha para evitar el miedo. La batalla histórica para sacarlo de encuadre, eliminarlo.

Además del chico guardián, hay otros cinco elegidos, entre esos está el guardián de los sueños -de los buenos sueños-. Tiene el tamaño de un duende, es dorado, duerme mucho y no habla, no se le conoce la voz. Esta especie de duende luminoso es confrontado por un personaje negro, el miedo. El gigante miedo negro convierte los sueños en pesadillas, la mayor amenaza. Los cinco guardianes batallarán para eliminarlo, para sacarlo de escena. Que no haya miedo en el mundo. Que el miedo no entre en las casas.

Si el vacío y la angustia son la amenaza, fuera amenaza de cada casa.

Un típico edificio se ve desde nuestra ventana del Abasto. Durante el día, la construcción rectangular está, mitad despejada, mitad tapada por sábanas y toallas secándose al sol. Al atardecer algunas luces se encienden iluminando el interior de los ambientes. Una de las noches de cuarentena, estaba mirando el edificio cuando una mujer en la calle empezó a gritar. Podía oírla aunque no verla porque entre nosotras se interponían varias construcciones. En cambio, los habitantes del edificio -que sí eran visibles para mí y que fueron asomando sus siluetas en dirección a la calle Agüero-, podían verla desde distintas alturas.

Hubo un solo hombre que, en lugar de salir, se quedó dentro de la casa saltando. Iba de un lado a otro en puntas como un futbolista haciendo jueguitos con la pelota. Sus pies metidos en medias blancas rebotaban contra el suelo. Era llamativa su voluntad para hacer ejercicio y también para sobreponerse a la curiosidad de ver qué pasaba en la calle. Hasta que el hombre dejó de moverse y salió al balcón. Los saltos no habían sido estimulados por el deporte; él había estado buscando su teléfono celular. Se acomodó en la reja, encuadró la pantalla y empezó a filmar a la mujer que gritaba.

Fuera amenaza de toda casa. Que la amenaza quede afuera, metida en un teléfono, en otro cuerpo. En uno que no sea el propio. Pero, ¿cuál es el límite del vacío? ¿Cómo establecer su adentro y su afuera?  No hay modo de no ir a su encuentro como no hay modo de evitar la angustia.

¡Corramos! –¡rajemos!-.

No se sabe cómo seguirá, qué deparará esto, y ante esa incertidumbre inédita nos largamos a correr. Corremos por redes, contenidos, vivos de esto y aquello, vivos de lo que sea. Corremos dentro de tutoriales, teléfonos y especulaciones.

Corremos porque olvidamos, o no suponemos, que el vacío, ese lugar descarnado –sin carne, sin cuerpo-, con aparente indiferencia, ese lugar que no se hace eco, que no tiene voz ni color es el territorio. Después de todo. Es desde el vacío, desde ahí, desde ese punto solitario, que la imaginación empieza.


 

 

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