Una nueva herida narcisista. Por Helga Fernández.

“No podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece.” Freud, El malestar en la cultura (1922).

 

Resulta increíble que algunas personas que no tienen dificultades intelectuales no entiendan que lo que ocurre a nivel mundial es muy grave. Quienes menosprecian los hechos o bien hacen prevalecer sus intereses económicos por sobre el valor de la vida o bien eliden, de un modo más o menos violento, el real en juego. Con estos últimos me refiero a los que podríamos llamar negacionistas(1), aunque sería necesario considerar que los del primer caso podrían también estar en el segundo.

La dificultad de aprehensión del horror que acontece no es intelectual, es afectiva; es posicional. Algunos seres hablantes son incapaces de asumir la existencia de lo imposible, la atrocidad y la inermidad. Incluso, muchos de los que contamos con tal posibilidad y ética, por ráfagas, por estados, no sólo la olvidamos para poder seguir sino que también renegamos de ésta. No es sencillo para nadie asumir lo inconcebible. Es una tarea de todos, pero también una tarea singular escribir lo que irrumpe: inventarlo.

Dejando de lado, lo que fácilmente se arma como un nosotros y ellos, tan viejo como el discurso amo, habría que recordar que todos y cada uno tenemos la certeza irrefutable de que como especie somos seres excepcionales y superiores en la faz del universo. En la historia de eso que damos en llamar soberbiamente el pensamiento, ya enfrentamos, como humanidad, varias heridas narcisistas.

Al principio creíamos que la Tierra se encontraba en reposo en el centro del Universo, que el Sol, la Luna y los planetas giraban con la perfección del círculo en derredor de ella. La situación central de nuestra morada cósmica era garantía y consecuencia de nuestro predominio en el Universo. La destrucción de esta ilusión narcisista se la debemos a Nicolás Copérnico, en el siglo XVI. Pero mucho antes que él, ya los pitagóricos habían puesto en duda esta situación de preferencia, y Aristarco de Samos había afirmado, en el siglo III a. de J. C., que la Tierra era mucho más pequeña que el Sol y se movía en alrededor del mismo. Pero, recién cuando fue generalmente reconocido y, entonces, ya no pudo seguir siendo rechazando, el amor propio humano sufrió su primera ofensa: la cosmológica.

Más tarde, ya habiendo perdido el señorío sobre el Universo, fieles a nuestros egos, nos consideramos soberanos de todos los seres que poblaban la Tierra, por lo que comenzamos a abrir un abismo entre nosotros y éstos. Pero también el trabajo de Darwin y el de sus precursores y colaboradores pusieron fin a esta exaltación. Los seremos humanos no somos distintos de los animales ni mejores que ellos; no fuimos creados a imagen y semejanza de no sé que Dios, procedemos de la escala zoológica y estamos emparentado a unas especies, y más lejanamente, a otras. Esta es la segunda ofensa infringida al narcisismo humano: la biológica.

La tercera ofensa es la Freud llamó psicológica, aunque prefería llamarla psíquica. Los seres hablantes, aunque ya “exteriormente” humillados, antes del descubrimiento o invento del inconsciente, todavía nos sentíamos soberanos en nuestra propia alma. En algún lugar del yo se creó un órgano inspector, que vigila nuestros actos, inhibiéndolos cuando no coinciden con las aspiraciones. Así, el yo se siente seguro, tanto de la amplitud y de la fidelidad de las noticias como de la transmisión de sus mandatos. Aunque en ciertas circunstancias, cuando tropieza con las limitaciones de su poder, cuando surgen pensamientos que no se sabe de dónde vienen, que tampoco son posibles de ser rechazados, que resisten a todos los medios coercitivos de la voluntad, que permanecen impertérritos ante la contradicción lógica, también se siente a disgusto y con miedo.  Entonces, el yo los niega, toma medidas precautorias contra ellos.

Antes esto, la psicoterapia, socia de Egolandia, no hace más que procurar acrecentar el ilusorio poder del yo, para lo que prescribe, en proporción a la renegación y al rechazo del sujeto del inconsciente, Ritalin, Prozac y Zoloft, colaborando a que a la par crezca la disociación, el sufrimiento y la desesperación. Mientras que el psicoanálisis trabaja en función de que el yo diga (parafraseando a Freud):

«No se introdujo en vos nada extraño; una parte tuya se sustrajo a tu conocimiento y a la soberanía de tu voluntad. Por eso es tan débil tu defensa; combatís con una parte de su fuerza contra la otra parte, y no podes reunir, como lo harías contra un enemigo exterior, toda tu energía. Ahora bien: todo este proceso sólo se hace posible por el hecho de que también en otro punto estás en un error. Confias en que todo lo que sucede en tu alma llega a tu conocimiento, por cuanto la consciencia se encarga de anunciártelo. Y cuando no tenés noticia  de algo, creés que no puede existir. Llegás incluso a identificar lo «anímico» con lo «consciente»; con lo que te es conocido, a pesar de la evidencia de que en tu vida psíquica sucede mucho más de lo que llega a ser conocido. Lo anímico no coincide con lo consciente; una cosa es que algo suceda en tu alma, y otra que llegues a tener conocimiento de esto. Acaricias la ilusión de que llegan noticia de todo lo importante. Te conducís como un rey absoluto, que se contenta con la información que le procuran sus altos dignatarios y no desciende jamás hasta el pueblo para oír su voz.»

El inconsciente representa el tercer agravio inferido a nuestro amor propio; un agravio psíquico.

Cada uno de estas embates al yo se produjeron a partir de la reorganización de lo simbólico, causado por el advenimiento de una verdad que contradijo el establecimiento de otra que nos sostenía como seres centrados en algún orden de primacía. Sin embargo, el hecho que hoy nos toca no supone la objeción del pensamiento humano por un otro pensamiento, más bien lo hace un real que, con la fuerza de lo imposible, expone la impotencia de los hablantes.

La tierra en la que vivimos no es centro del universo. Más aún, existen multiversos que se rigen por leyes a las que no accedemos. No nos creó un Dios a su imagen y semejanza, descendemos de los monos y  somos un eslabón más de la cadena zoológica. El yo –ese invento loco y necesario– no es dueño en su propia casa. Y, como si no bastara con tanta afrenta al narcisismo, ahora, el covid-19 nos confronta con el hecho de que no somos Uno, que nuestro cuerpo está hecho por varias formas de vida. Éste otro loco invento-función del Uno –bolsa de órganos, lo uniano– es lo más parecido a un recipiente que no cierra, con el que jugamos a contener los fragmentos de una inmensidad que se dispersa por todos lados.

Esta nuevo golpe al narcisismo muestra de una manera exponencial el cuestionamiento del cuerpo como Uno y, con la misma fuerza, continua desbaratando la vocación de superioridad de los seres hablantes. No somos soberanos del multiverso, no somos seres privilegiados en la cadena animal, no somos dueños y señores de nosotros mismos y tampoco somos poseedores de lo que llamamos Un cuerpo. Estamos hechos de la misma materialidad que las estrellas y la tierra, poseemos una estructura molecular que contiene minerales. Como dice Emanuel Coccia(2), somos cuerpos que transportan bacterias, virus, hongos y no humanos. 100 mil millones de bacterias de 500 a 1.000 especies se instalan en nosotros, 10 veces más de células que la que nos componen.

No somos un solo ser vivo. No somos una entidad cerrada al mundo, a la otredad.  Somos una feria de bestias, un zoológico andante. Somos el Mercado chino en Guilin, donde nació el covid-19.

El cuerpo, como lo unaniano e indiviso, es una función necesaria pero también una necesidad que en su feroz ignorancia extravía e infla de ínfulas. Como también dice Coccia(3), el poder de los organismos no se asienta ni en el tamaño, ni en la inteligencia, ni en la especie. Cuando existe vida, por más chiquita que sea, contiene en sí un poder capaz de imponer un nuevo orden, un nuevo modo de existir y una nueva perspectiva: capaz de mutar al planeta.

La angustia, la incertidumbre y la desolación que estamos sintiendo resulta del hecho de caer en la cuenta de que el ser vivo más pequeño es capaz de paralizar a la civilización mejor equipada desde un punto de vista técnico. Un virus infringe una nueva afrenta sobre el narcisismo extendido hacia los órganos auxiliares y las prótesis que creamos, a imagen y semejanza del Yo ideal y a través de la ciencia y la tecnología, con el afán incansable de rehallar la deificación.

Freud en El malestar de la cultura, dice:

“Con las herramientas el hombre perfecciona sus órganos -tanto los motores como los sensoriales-o elimina las barreras que se oponen a su acción. Las máquinas le suministran gigantescas fuerzas, que puede dirigir, como sus músculos, en cualquier dirección; gracias al navío y al avión, ni el agua ni el aire consiguen limitar sus movimientos. Con la lente corrige los defectos de su cristalino y con el telescopio contempla las más remotas lejanías; merced al microscopio supera los límites de lo visible impuestos por la estructura de su retina. Con la cámara fotográfica ha creado un instrumento que fija las impresiones ópticas fugaces, servicio que el fonógrafo le rinde con las no menos fugaces impresiones auditivas, constituyendo ambos instrumentos materializaciones de su innata facultad de recordar; es decir, de su memoria.” 

A esta enumeración tendríamos que agregar que con la medicación y las vacunas, los implantes y la biotecnología también acrecentamos nuestras ansías de poder y nuestra sensación de fortaleza. Sin embargo, tanto producto de la reflexividad, tanta ingeniería genética, tanto clon, tanto cyborg, tanto Apple 9.0, y un bichito nos tiene al tiro.

Tal vez, este nuevo agravio hacia nuestro amor propio se dirija, entonces, al cuerpo Uno que los hablantes procuramos establecer también con el cuerpo de la tecnología.

En La Tercera encontramos una afirmación de Lacan que parece un mensaje dirigido al futuro:

¡Psicoanalistas no muertos, esperen el próximo correo! 

El próximo correo es el próximo advenimiento de lo real que, por supuesto, no depende para nada del analista. Por el contrario, el analista depende de lo real y no lo contrario, porque lo real no sólo despabila del letargo de los días, también del letargo de lo que en un discurso está anquilosado.

Sería esperable que las personas, que cada tanto ocupamos el lugar del analista, no deneguemos el horror que nos atraviesa, tampoco de que el mundo está cambiando y no tenemos idea de hacia dónde. Sería esperable que la dificultad que Freud llama “afectiva” no nos sumerja en el total desconocimiento.

¡Ey, psicoanalistas del mundo, el próximo correo acaba de llegar!


(1). El argumento canalla sería que para salvar vidas no habría que pensar en la vida, habría que pensar en la economía (una tautología en sí misma). Hay que decir las cosas claramente: si se piensa en el dinero por encima de la vida, se trata de una economía de la destrucción. Algo que como todo genocida, Trump, Bolsonaro y Pineira no están dispuestos a admitir.

(2) Encontré esta referencia una noche de insomnio en el muro de Facebook de Victoria Larrosa, las lecturas necesarias suelen llegar de la mano de los amigos. Adjunto la versión del texto en audio: https://soundcloud.com/user-654449748/emmanuele-coccia-o-virus-anarquico-de-metamorfose-pandemiacritica-n-1-edicoes

(3) En un post de Facebook de este mismo texto, Guillermo Zinni comenta que es notable que Coccia toma el psicoanálisis pero, sin embargo, no reconoce la fuente. Acuerdo con Zinni, es evidente que Coccia leyó, al menos, a Freud y que tal lectura está presente en la textura de lo dicho, pero quizá uno de los modos de resistencia hacia la peste que trajo el psicoanálisis –la falta, la castración– se exprese en el tabú a nombrarlo y/o en la falta de reconocimiento para con este discurso.


Helga Fernández: Psicoanalista. A.M.E de la Escuela Freudiana de la Argentina. Coordina el grupo de trabajo: El malestar en la cyberlización. (El analista y las letosas). https://www.facebook.com/220092858119170/posts/2644231279038637/?d=n Supervisa, da clases y mantiene conversaciones de formación en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Autora de Tramoya. O la maquinaria de la voz novelada. Ed. Milena Cacelora. Buenos Aires, 2016. Co-autora de Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto I y II. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As 2016; La carta del inconsciente. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2007; Feminismos, de Leticia Martín y otras. Letras del Sur, 2017, y, Acuerdo en el desacuerdo. Qeja, 2019. Escribió para diversas revistas: LALANGUE; La Mosca; En el margen, entre otras. Directora editora y columnista de Revista En el Margen. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de Convergencia. Próximo a publicarse su último libro, Para un psicoanálisis profano, por editorial Archivida.


 

3 comentarios en “Una nueva herida narcisista. Por Helga Fernández.

  1. Querida Helga! Que orgullo leerte con tanto placer!
    Felicitaciones y un gusto haber estado con vos durante varios años en la universidad!
    Te recuerdo con todo mi cariño sincero..
    te saludos! Paola Frascella

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  2. Gracias gracias Gracias! Un orgullo leerte! Un orgullo haber sido tu compañera de estudio! Te felicito y te admiro querida Helga Fernandez! Podremos ponernos en contacto? Alguna charla donde expongas! Por favor avísame . Te dejo mi celular 1159779957. Estaré allí con gusto! Muchos cariños! Paola

    Lic. Paola Frascella

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