CORRESPONSALES DE URGENCIA. POR LETIZIA VALEIRAS.

Hoy, en este contexto de confinamiento, aislamiento social obligatorio y amenaza de muerte a causa de un virus del que casi nada sabemos, vivimos con la sensación de que mucho de lo que fue dicho “antes de” está perimido o ahora, ya mismo, no es de  utilidad. Al desasosiego se le suma, por contraste, el requerimiento de representaciones que den cuenta de lo que pasa y nos pasa. Por estos días lo único que a algunos nos mantiene medianamente en paz es leer a quienes se animan a decir, aunque se equivoquen o sepan que lo que arriesgan es provisorio y hasta erróneo. Ante el espesor de la incertidumbre, se patentiza la necesidad de discurso, de ficción, de metáforas que nos ayuden a habitar un mundo que se parece mucho a un ultimátum.

En el margen inaugura, esta nueva sección. Nueva, no sólo porque es otra distinta a las que ya existen, también porque aquí no se hablará estrictamente de psicoanálisis. Esto último por dos razones:

Afirmamos fuerte que es necesario para la existencia, no sólo de las personas sino también de los discursos, entrar en contacto con lo otro. Más todavía, si lo otro también es lo que estamos atravesando.

De todos modos y pese a todo, continuamos dentro de la ética del decir. Una ética que lanza a la totalidad del Logos (el modo como Lacan mencionó a la comunidad en tanto soporte de la dimensión simbólica) otra cosa que datos,  y, a la vez que procura seguir diciendo, continúa tramando lo que urge.

Dadas las circunstancias, llamamos a esta sección Corresponsales de urgencia.

El texto que hoy compartimos es de Letizia Valeiras. Nació en 1983 y creció en Junín. Es socióloga y trabaja de dar clases en escuelas públicas del partido de Tigre, donde enseña más materias que las que sabe (dice). Quiso hacer la revolución, pero la revolución no quiso, por el momento, ser hecha. Las convicciones siguen ahí, pero ahora se lo toma con calma.

Escribe y lee, estudia y participa de talleres literarios siempre que la crianza de la pequeña Milena se lo permiten.

La cuarentena multiplicó su carga de trabajo, porque una computadora no es una escuela, y virtualizar por completo el antiguo arte humano de la enseñanza y el aprendizaje es imposible, aunque con eso sueñen los burócratas de la educación.

Sigue eligiendo su trabajo porque encuentra en la pupila de los jóvenes alumnos un brillo cuestionador y una tonalidad inquietante, como decía Pessoa de sus amigos. Los extraña y se pregunta por ellos en momentos como estos.

A veces apocalíptica, cuando la abruma el pesimismo de la razón, recuerda con optimismo el largo camino que la voluntad humana recorrió hasta acá y, por eso, concluye que todavía falta, y bastante, para llegar a la estación final.

Editorial: Helga Fernández y Gerónimo Daffonchio

 

El silencio de las inmensidades.

” Oh, ese “majestuoso silencio de las inmensidades” en el que tantos gritos resuenan sin que nadie los oiga, lo escucho con tanta intensidad que ya no queda en mi corazón un lugar especial para el ghetto. Siento como mío todo el mundo, todo lugar en donde haya nubes y pájaros y lágrimas”.

Rosa Luxemburg

2

Por el cielo que veo desde mi jardín pasaban cada vez más aviones. Me gustaba sentarme en el pasto con mi hija y saludarlos con la mano, uno atrás de otro. Disfrutaba pensar cómo veía ella esos aviones. Si se imaginaba gente adentro, si podía verla devolviéndonos el saludo. Si el juego sólo consistía en saludar a una máquina diminuta que pasaba por el cielo. Como si fuera un pájaro. Me gustaba pensar en su idea de avión. Dijo “aión” antes de haber visto alguno de cerca. Así que, por momentos, eso que saludábamos era solo eso: un objeto nuevo en el cielo que nos hacía reír y tenía un nombre que ella había aprendido a decir.

Entonces alguien dijo “pandemia”. Y los aviones dejaron de pasar. Cada vez fuimos viendo menos. Hasta que eran tan pocos que podíamos adivinar a los repatriados que volvían. Contarlos.

Luego hubo silencio. El cielo vacío de vida humana le quedó a los pájaros. Ahora, mientras escribo, escucho cada tanto algún helicóptero. ¿A quién estarán trasladando? ¿Ya están llevando gente a Campo de Mayo, acá nomás de casa? No saludamos a los helicópteros. A mi hija le dan miedo porque pasan muy cerca.

Mientras la pandemia se apodera de las mentes, el aislamiento nos deja solos con el cuerpo, por ahora sano. Las primeras noches me costó dormir. Pensaba en escenarios apocalípticos, en desabastecimiento, en la distopía de la desesperación. Tomé la decisión de leer menos noticias. Les puse un solo momento del día, un horario. Eliminé la realidad de los medios de mi vida nocturna. Pasaron los días y el miedo se fue escondiendo. No desapareció, me asalta cada tanto, siempre por las noches. Y pude recuperar algo de reflexión. Trabajo. Estudio. Limpio. Cocino. Leo literatura menos de lo que quisiera. Miro series. Juego. Juego mucho.

Trabajo de dar clases. No me gusta la palabra docente. No sé por qué. Tampoco profesora. Siempre pensé en la escuela como un campo de batalla. Adentro del aula somos muchos, no somos todos iguales, pero somos nosotros. Y trato de aprender a pensar junto con mis alumnos. Contra la mayoría que busca lo contrario. Me pongo ansiosa cada año antes de que empiecen las clases. Me pongo ansiosa porque nunca llego a preparar todas mis materias como quisiera. Pero sobre todo me pongo ansiosa por el entusiasmo que me genera ese nosotros. Quiero conocer a mis alumnos. Cada año, aunque no tengo ganas de levantarme a las 6, ni de corregir, ni de entregar planificaciones, declaraciones juradas, programas y modelos de examen, voy llena de entusiasmo a mi primer día de clases. Llego 10 minutos antes. Me arreglo. Me peino. Me pongo aritos. Un entusiasmo parecido al que tenía de chica cuando terminaban las vacaciones. Este año las clases empezaron, para los cursos que yo tengo, el 11.

Siempre pensé más en ese pensar juntos, en ese vínculo con las chicas y chicos nuevos, que en las notas, los actos y los contenidos. Porque nada de todo eso sirve si no me pasa nada con ellos. Cada año lo confirmo. Cada año acumulo más peleas con los adultos, más ganas de que el recreo pase rápido y volver al aula. Y cada clase que preparo se pone interesante cuando sé que puedo intentar tenerlos atrapados por un rato. Volver a descubrir las cosas con ellos como si fueran nuevas.

Este año las clases se suspendieron el 15. A algunos ni siquiera llegué a conocerlos. Son nombres en una lista que me pasó la preceptora. Mando trabajos, de diagnóstico, les llaman. Como si no fueran todos los trabajos un poco de diagnóstico. Como si pudiéramos terminar de conocerlos con un trabajo. Mando porque me piden que mande. Yo hubiera preferido mandar una clase, unas palabras, unos ejemplos. Pero nos piden que mandemos uno, dos, a veces tres trabajos. Pasaron solo 15 días sin clases. Tal vez menos si contamos los feriados, pero la continuidad. Qué tragedia perder la continuidad.

Pienso en qué es eso de perder clases, que horroriza a tantos directivos, a tantos inspectores. Pienso en qué es la continuidad cuando ni siquiera podemos mirarnos las caras. El mundo que conocemos desaparece, pero no perdamos ni un día de clase. Preparemos muchos trabajos para los chicos. ¿Para qué? Entonces me enojo. Enseguida me enojo. Por whatsapp, como corresponde a estos tiempos. Con nadie. Porque los que responden, responden sin entender. Y llenan el grupo de emoticones y de letras y de oraciones que no significan nada. Así que decido que mejor me guardo el enojo. Que mejor preparo el trabajo, y ya. Cumplo. Y después hago lo que quiero. Total el mundo que conocemos va a desaparecer.

Pero entonces pasó que casi todos los chicos me entregaron los trabajos. Tuve unos primeros días de la semana pasada llena de correcciones pendientes. Me desesperé. Es mucho. No llego. La casa, mi hija, los cuidados. Corregí. Entonces apareció, de nuevo, el enojo. Para qué corregir si el mundo va a desaparecer. Si es barbarie porque no fue socialismo. Y la barbarie toma forma de pandemia. Es LA forma de la barbarie, por cierto. Pero corregí. Postergué todo lo otro. La facultad, la lectura, la casa. Y entonces un trabajo de una alumna me hizo pensar que qué ganas de verla en el aula, de mirarle los ojos inquietos cuando le digo que tiene razón, que la sociedad capitalista es justamente la causa de todo eso que ella dice que es.

Y a un alumno le gustó el cuento, me pidió que le mande más, ahora que tiene tiempo. A otra le recomendé una novela, me responde enseguida que dónde la busca, porque quiere leer para no desesperar. Leí cientos de trabajos. Algunos aprendieron a usar word solo para esto. Aprendieron mucho más rápido que algunos adultos, que todavía se rehúsan a mandar contenidos digitalizados. Otros los hicieron en la carpeta. Y entonces mandan la foto, con la carátula de colores, una letra cursiva preciosa que dice “respuestas”, pura prolijidad. Y yo los quiero mirar a la cara, mirarlos y decirles que ellos son los que hacen que el mundo sea un poco mejor, que por favor sigan haciendo eso que hacen. Pero sólo miro caracteres, archivos, ni siquiera fotos de sus caras. Los vi una sola clase, ni siquiera llegué a asociar la cara con el nombre. Entonces no sé a quién le hablo, no sé a quién le digo que me hizo el día con el trabajo que entregó, que qué alegría poder enseñarle algo, poder aprender algo de ella.

Se me confunden las caras de los que llegué a conocer. ¿Cómo serán los que no vi? Les escribo una clase, la lleno de preguntas. Construyo un diálogo imaginario entre nosotros. Quiero saber quiénes son, quiero saber si están bien. Para ellos el encierro puede ser mucho más difícil que para mí. Probablemente sus padres tengan que salir a trabajar igual. Probablemente tengan que cuidar hermanas y hermanos muy chiquitos, limpiar, cocinar. Muchos deben escuchar gritos, peleas, violencias cotidianas que ahora se encierran en una casa, sin escape. ¿En qué estarán pensando? ¿Estarán creciendo? ¿O se estarán volviendo más duros, más indiferentes? Cruzo los dedos por que no. ¿Cómo es el miedo para ellos? ¿Qué forma tiene para sus padres la paranoia del mundo que viene? ¿Cómo es el insomnio del que tiene que seguir yendo a trabajar a las 6 de la mañana? ¿Puede dormir el que no trabaja? ¿Llora encerrada en el baño la madre que limpia casas algunos días por semana, la que arregla la ropa de los vecinos por unos pocos pesos? ¿Cómo hacen si un albañil mantiene a sus hijos, a los hijos de su hermana y a sus padres? ¿Qué matices tiene el negro de un futuro que ya era oscuro? ¿Piensan los padres en sus hijos, en el mundo que les toca? Sus hijos son mis alumnos. Mi miedo, que a veces es terrorífico, que siempre es angustia, es un miedo cómodo, un miedo en casa, con pasto, con pajaritos, con mi hija jugando y el freezer lleno.

Por otro carril, en el extremo opuesto del mundo, me piden cifras. Cifras que me piden porque les pidieron, porque les pidieron a los que les pidieron. Cuántos son. Cuántos trabajos les di. Cuántos entregaron. Con cuántos no tengo ningún tipo de contacto. Les escapo tanto como a las otras cifras. Cuántos infectados, cuántos muertos, cuántos en todo el mundo, cuántos acá en Argentina, cuántos acá en Tigre. Les escapo pero a la vez las miro, como espiándolas. Como cuando miro a mi hija porque está jugando sola. Y yo quiero saber qué está haciendo, qué la tiene tan entretenida. Pero no quiero que me vea y que se desvanezca ese mundo de ella, y salga de ahí para contarme, o pedirme algo, o invitarme a jugar. Las espío porque quiero saber, pero no; quiero saber para leer que ahora son menos, para borrar un número del horror de números sin rostro, para respirar.

Siempre viví con la certeza de que al capitalismo, si no había revolución, lo iba a suceder la barbarie. Nunca se me ocurrió la barbarie en forma de pandemia. La barbarie mundo. No la revolución internacional. La barbarie internacional. El capitalismo que hasta hace pocas semanas parecía más vivo que nunca, derrotado por una proteína. Ni siquiera un ser vivo. Una proteína. Que pudo lo que no pudo Lenin. Y se hizo internacional. Traspasó las fronteras de China, luego las de Europa, y nos hizo mundo. Es la tercera vez en mi vida en que la Tierra se me aparece mundo. La primera fue infantil e inocente, por qué hay líneas que dividen los países, quién las puso, yo soy ciudadana del mundo. La segunda fue ideológica. La tercera es esta, con forma de espanto, de catástrofe.

Hacía unos días, le había dicho a mi compañero, sin saber mucho por qué, que pasaba algo no habitual en mí: era optimista. Pero tenía el optimismo de la razón, no el de la voluntad. Y que ese optimismo nacía de la confianza en el ser humano. El instinto de supervivencia, dije. Pero ahora me doy cuenta de que no. De que la confianza nace de lo que nos hace humanos. De ver que todavía somos capaces de mirar las cosas como si fueran nuevas. Y entonces me pasa lo contrario a lo que me pasa todos los días en tiempos “normales”: y veo restos de humanidad en todas partes. Veo a mis alumnos, sus ideas sobre el mundo en un trabajo a distancia, su entusiasmo adolescente que desborda todos los números, todas las aplicaciones. Veo mujeres que lloran su angustia colectiva frente a una pantalla, frente a unas desconocidas. Veo compañía en forma de palabras, veo una invitación amiga a intercambiar cartas, como hacíamos antes, entro en el juego de mi hija como si no hubiera nada más. Y me doy cuenta de que, acaso, no hay nada más.

Recién hoy, que para mí es el día 16 de confinamiento, hice algo de todo lo que pensé que iba a poder hacer desde el día 1. Dediqué dos horas enteras, corridas, a mirar un documental sobre Lucien Freud. Y entonces entré por un rato en otro mundo. No el de él, sino el mío. Otro mundo mío que había perdido hacía un buen tiempo. Y ahora tomo por primera vez en un buen tiempo, el mismo buen tiempo quizá, una copa de vino. Me escribe una amiga. Me dice que voy a poder escribir un montón cuando pase la locura distópica que son estos días. Le cuento que ayer empezamos un taller, que por primera vez me siento con ganas de escribir sobre esto. Y recibo, casi en simultáneo esta invitación.

 

Letizia Valeiras

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Un comentario en “CORRESPONSALES DE URGENCIA. POR LETIZIA VALEIRAS.

  1. Me alegra mucho y agradezco esta nueva sección. Una amiga y colega me compartió estos testimonios que evocan algo de lo que nos viene ocurriendo a quienes andamos por los márgenes. Muy sorprendida ando por el afán de muchos de seguir a como dé lugar, tratando de responder a no sé qué mandato, como queriendo desintegrar con el ‘hacer’ que se nos tiene permitido en aislamiento, algo de lo angustioso de la nueva vida que se nos impone.

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