CORRESPONSALES DE URGENCIA. POR PABLO SALOMONE

Hoy, en este contexto de confinamiento, aislamiento social obligatorio y amenaza de muerte a causa de un virus del que casi nada sabemos, vivimos con la sensación de que mucho de lo que fue dicho “antes de” está perimido o ahora, ya mismo, no es de  utilidad. Al desasosiego se le suma, por contraste, el requerimiento de representaciones que den cuenta de lo que pasa y nos pasa. Por estos días lo único que a algunos nos mantiene medianamente en paz es leer a quienes se animan a decir, aunque se equivoquen o sepan que lo que arriesgan es provisorio y hasta erróneo. Ante el espesor de la incertidumbre, se patentiza la necesidad de discurso, de ficción, de metáforas que nos ayuden a habitar un mundo que se parece mucho a un ultimátum.

En el margen inaugura, esta nueva sección. Nueva, no sólo porque es otra distinta a las que ya existen, también porque aquí no se hablará estrictamente de psicoanálisis. Esto último por dos razones:

Afirmamos fuerte que es necesario para la existencia, no sólo de las personas sino también de los discursos, entrar en contacto con lo otro. Más todavía, si lo otro también es lo que estamos atravesando.

De todos modos y pese a todo, continuamos dentro de la ética del decir. Una ética que lanza a la totalidad del Logos (el modo como Lacan mencionó a la comunidad en tanto soporte de la dimensión simbólica) otra cosa que datos,  y, a la vez que procura seguir diciendo, continúa tramando lo que urge.

Dadas las circunstancias, llamamos a esta sección Corresponsales de urgencia.

El texto que hoy publicamos pertenece a Pablo Salomone, motomensajero hace 20 años, quien sostiene que el motoquero es la evolución del correo colonial del siglo diecinueve: el chasqui moderno. Por las noches, recorre otras calles, en otros barrios: la literatura. En estos tiempos de aislamiento social, preventivo y obligatorio, atraviesa la ciudad con un permiso de circulación transformándose en un cronista urbano. Esta es su crónica, historia real en un mundo cada vez más ficcionado.

Editorial: Helga Fernández y Ricardo Pereyra

 

ROAD MOVIE (Fragmentos inconexos atravesados por la pandemia)

Nosotros y los miedos

Llego a casa. Mi mujer está esperando detrás de la puerta. Pienso en «Matrimonios y algo más», aquel programa de los ochenta creado por Hugo Moser donde las esposas, de madrugada, esperaban a sus maridos detrás de la puerta con un palo de amasar en la mano. Mi mujer no se llama Mabel, Mónica o Susana como en aquel envío de ficción. Tampoco tiene un palo de amasar. Se llama Carolina y tiene un vaporizador con una mezcla setenta por ciento alcohol y treinta por ciento de agua. Ni bien entro, sin beso y sin abrazo, me rocía la ropa, el calzado, las manos. Se va de mambo y, en su afán por no dejar un milímetro sin cubrir, la solución (repito: 70% alcohol y 30% agua) roza mis ojos que lloran un poco. Me desvisto, dejo la pilcha en una bolsa y entro a bañarme. Los ojos dejan de picarme mientras paso el jabón con fuerza por la piel. «El enemigo es tan chiquito y el cuerpo es tan grande» diría Macri. Ya no pienso que la escena podría ser de «Matrimonios y algo más» sino que se transformó en un capítulo de «Nosotros y los miedos». Quiero que me interprete un joven Miguel Ángel Solá; y que a mi compañera, Graciela Dufau. Salgo del baño; limpio, desinfectado, puro y casto. Ahora sí, beso y abrazo.

Cortina rasgada (¿Dónde está mi Julie Andrews?)

Es el sexto día de cuarentena obligatoria y un cliente me consigue un permiso de circulación para que le alcance unas cobranzas que hice antes del aislamiento. Saco la moto, estoy tranquilo porque tengo mi pase. Otra vez lo pienso y vivo como una ficción. Es una película de espías donde tengo mi pasaporte falso y estoy dispuesto a pasar los controles para llegar a la Alemania occidental y así entregar los microfilms con secretos del régimen comunista versión relato yanqui. Al mediodía, llego al edificio del banco privado más grande del país, me atienden en la puerta y me entregan una notebook para uno de sus empleados que vive en zona sur. La portátil es nueva, todas las portátiles que entrego son nuevas. Semejante gasto debe corresponder con la tarea que realicen los empleados desde su casa. O tal vez no. Y es sólo para que esos esclavos modernos no olviden dónde está el «Enter» para cuando vuelvan a sus oficinas. Desde Zona Sur hasta Del Viso. Otra compu. 47 km. 11 controles. Paso todos. Los retenes son iguales en todos los puntos. La mayoría se encuentran en los accesos a CABA y en los puestos de peaje de las autopistas. Forman un embudo, los vehículos avanzan a paso de onvre. Se dispara un recuerdo. Tengo cinco años y es 1980. Mi viejo dobla con el Dodge 1500 en una calle que resulta ser contramano. Lo paran los milicos. La foto que conservo en el disco rígido de la memoria es a mi viejo y a mí con las manos apoyadas en el parabrisas mientras un soldadito revisa la guantera. No me den bola, es asociación libre. Sigamos. En los puestos donde me detiene la policía me piden el permiso para circular y el DNI y, por supuesto, tienen que coincidir los datos. En el primer paso donde me detengo está la bonaerense (la policía de la provincia de Buenos Aires). Tengo una estrategia para que no me hagan demasiadas preguntas y no me retengan más de lo necesario. Trato de mantener la calma. Soy un espía y los microfilms dependen de mí.

– Buenos días caballero, me permite su DNI y el permiso.

– Acá tiene.

– ¿Dónde trabaja?

– Allí lo dice – no me tiembla la voz, los motoqueros somos maestros en el arte de la mentira y la distracción – trabajo en la firma SecuFarma, hacemos ropa de trabajo para médicos y enfermeros. La verdad, el barbijo que te dieron es una mierda, no sirve para nada. Ahora no me queda ninguno; si paso de nuevo te dejo un par.

– Uhh, ¿en serio? Buenísimo – dice el rati y me deja seguir.

Avanzo tranquilo. Los microfilms están a salvo y yo solito salvé la democracia. Funde a negro y pasan los títulos.

Ciertas rutinas

1 – Me lavo las manos cantando la «Marcha Peronista». Al principio, llegaba hasta «Con los principios sociales/que Perón ha establecido/ el pueblo entero está unido (…)». Ahora, la canto entera: «Porque la Argentina grande/ con que San Martín soñó/ es la realidad efectiva/ que debemos a Perón». Algunos preferimos lavarnos las manos con Perón, otros con Poncio Pilato. ¿Quién soy yo para juzgar, hijueputas?

2 – Preparo la cena escuchando siempre el mismo disco. Nancy Wilson/Cannonball Adderley (si, ese es el título, también los intérpretes). Y cuando la Wilson arranca suavemente «Wish i knew/ why i´m so in love with you» (En «Save your love for me») me relajo y me olvido por un tiempo de todo. De la cuarentena, del alcohol en gel, de la falta de contacto, de la guita, del tratamiento para este virus de mierda. De modo que, cuando Nancy y Cannonball llegan a la mitad del disco con «A sleepin´ bee» (la mejor versión de todos los tiempos) ya terminé de cocinar y en el barrio arranca esa manifestación de agradecimiento o felicitación, los aplausos. En este caso, siempre en el mismo horario, desde las ventanas/balcones/terrazas, mis vecinos chocan las palmas (¡A ver esas palmas!). Agradecen (y felicitan) al personal de la salud por su dedicación en estos tiempos. Yo me quedo en la cocina. No aplaudo. No quiero ser parte de esa práctica onanista. «Soy tan bueno que te agradezco todo lo que estás haciendo, eso sí, atendeme rápido hijo de puta porque dejo de aplaudirte». Me da vergüenza escucharlos. Como diría mi abuela: me da vergüenza ajena. La síntesis de las frases populares. Permiso, voy a lavarme las manos.

Diálogos

Ayer me crucé con un cartonero.

– ¿Todo bien?

– Todo joya, loco.

– ¿Qué onda? ¿Hay cartoneo?

– Seeeee papá, esta semana encontré dos nosbuks y pilcha para el invierno.

Claro, durante las primeras semanas de encerrona, la gente ordenó armarios, estanterías, placards, bargueños y baúles. El sopor transformó a los privilegiados en una especie de Marie Kondo encuarentenados. Y así, tiraron todos los chirimbolos que molestaban. El descarte para los descartados del sistema.

– ¿Y los ratis no te joden?

– Qué me van a joder, si a mí no me toca nadie.

Al principio, la frase sonó como «nadie se mete conmigo». Después entendí. Fue literal. Por eso los cartoneros pululan como fantasmas en la ciudad vacía, nadie “los toca” ahora, tampoco cuando impera la normalidad. Porque la normalidad es no tocarlos, no mirarlos, invisibilizarlos, así dejan de ser amenaza. Los fantasmas cruzan la ciudad en busca de nosbuks y pilcha para el invierno. Crisis es oportunidad, dicen los hijos de yuta.

///

Ayer me crucé con un policía.

(Durante la cuarentena, la policía y los motoqueros firmamos una tregua simbólica: ellos no nos verduguean y nosotros no la bardeamos)

– Apague la moto. Permiso de circulación, por favor.

– Aquí tiene.

– Circule.

– Voy al kiosco, ¿necesita algo?

– Sí; un franco. No; mejor dos.

///

 Ayer me crucé con El Flaco Telegrama (un motoquero histórico de la city porteña)

– ¿´Tas laburando?

– Nada, cerraron las cuevas. No me llaman. Toy al horno.

– Qué bajón, si me sale un viaje que no pueda hacer te lo paso; nos vemos Flaco.

– Lavate las manos. Mano sucia, te rascás los huevos, te infectás. Haceme caso.

– ¿Que me lave las manos o que no me rasque los huevos?

– Sos un pelotudo.

¿Ahora entienden por qué le dicen El Flaco Telegrama?

///

Ayer llamé a un amigo

– ¿Qué hacés Panchi? ¿Cómo estás pasando la cuarentena?

– Me vine a lo de mis viejos. Estoy caminando por las paredes.

– ¿Estás tomando?

– No. Ayer me escapé y me fui a la Nueve. En la entrada al barrio cruzaron un patrullero y un policía con un megáfono nos advertía: – ¡Váyanse a su casa faloperos. A respetar la cuarentena, mierdas!

– Buenísimo, vas a cortar por varios días, te va a hacer bien.

– Cuando termine todo esto, me tomo Colombia entera.

///

Todo suelto

 1-¿Hay algo más triste que un recital por streaming? Sí; ser pobre, vivir al día y que te agarre una cuarentena.

2-Quiero abrazar a mi vieja, a mis sobrinos, a mis hermanos, a mi suegros, a mis amigos, a un extraño, quiero abrazar. Parafrasendo al Diego: nos cortaron los brazos.

3-¿Cuánto duran los lazos sin contacto físico?

4-Con tanto encierro vamos a terminar imaginando al otro, soñándolo. Y cuando termine todo esto, ¿Veremos a los seres reales extrañamente ajenos?

5- Por el viento, el barbijo sale volando. En un recorrido breve, toca la calle y rueda cinco metros por Corrientes hasta que el anciano lo ataja, lo sacude y vuelve a colocarlo en su rostro. «Maestro- le digo- no se lo ponga, ya tocó la calle». Pícaro, el viejo me sonríe y agrega: «no pasa nada, pibe» Claro, qué boludo, el virus camina por la vereda solamente. Sabe que si baja a la calle puede ser atropellado. ¡Los viejos saben más por viejos que por la tele!

6-¿Qué es más importante? ¿La economía o la salud? Ninguna de las dos. Lo más importante ahora es que no se corte Internet.

Disculpas

«se torna difícil escribir con la misma brutalidad con que se piensa,

se torna raro advertir los desmanes de algún término equivocado

porque la valentía de estos signos nos va proponiendo

otro idioma despierto» (…)

(L.A. Spinetta. «Escorias diferenciales del alma de la letra poética», Capítulo III, del libro Guitarra Negra. Copyright: La marca Editora. ISBN: 978-950-889-177-8)

 

Pablo Salomone - publicar

Pablo Salomone escribió en la revista cultural «La Maga» y en la publicación quincenal de rock «La García». Le gusta, como a Cortázar, escuchar jazz y el sonido de un motor bien afinado. El olor del kerosene le recuerda su escuela primaria y la colonia «Heno de Pravia» a su abuela Juana. Es de Virgo con luna en Marsella y ascendente en Caronte. Fue redactor en Agendha (Agencia de noticias de la historieta argentina) y actualmente dirige junto a Guillermo Falciani la revista interactiva de artes visuales «Mutable» (www.revistamutable.com). Lector de historietas, su favorita es «Mort Cinder», de Oesterheld y Breccia. Puede desarmar la rueda trasera de su moto en menos de cinco minutos. Está convencido que en un futuro cercano, los gatos y los robots dominarán el planeta.

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