Historias clínicas. Freud en y para tiempos difíciles. Por Patricia Martínez.

Editorial, Helga Fernández.


En tiempos de excepción, va una nueva entrega de historias clínicas, esta vez entonces, de excepción.

En esta oportunidad quiero compartir una lectura posible de una frase de un texto de Lacan, ensayada a la luz de los acontecimientos que nos han sorprendido con cuarentena y pandemia.

“…Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico?” J.Lacan, “Función y campo de la palabra y el lenguaje” en Escritos 1, Siglo Veintiuno Editores, Bs. As., 1988, p. 309.

Está cita -tantas veces transitada- de Lacan cobró para mí un nuevo giro durante estos últimos días, y me llevó a otra pregunta:

¿Fue Freud un hombre que supo unir a su horizonte la subjetividad de su época?

A Freud le tocó atravesar todo el período de la Gran Guerra, y a continuación casi sin respiro le tocó vivir la epidemia de gripe española.

Me voy a restringir solo a este tiempo de su vida. Me pareció interesante entonces volver a leer los textos que escribió entre 1914 y 1918 y cruzarlos con algunas de las innumerables cartas que escribió en esos momentos.

Lo primero que parece evidente es que las consideraciones de Freud sobre la guerra lo llevan a incursionar en la vida pulsional y en la psicología de los pueblos, tal como lo deja en claro en De guerra y muerte. Temas de actualidad y en el artículo, La transitoriedad.

Durante los primeros meses desde que se declara la guerra también escribe muchas cartas. De enero a Julio de 1915 escribe a sus discípulos, y tomó algunas de sus expresiones. En enero le dice a Lou Andreas-Salomé que “vienen épocas, improductivas en las que siento los efectos de la guerra… la inhibición que en estos tiempos nos despoja a todos de nuestra energía creadora”. Unos días más tarde de esa carta le escribe a Bingswagner: “Estoy a la vez productivo y pasivo”. Y ya para el mes de Julio le dirá a Ferenczi: “Aún así me defiendo de que la guerra quiere acabar con todas mis aficiones”.

Cabe recordar que en este tiempo de “improductividad” Freud escribió:

Recordar- Repetir y reelaborar.
Introducción al Narcisismo.
Apéndice de 1914 a la Interpretación de los sueños.
Las pulsiones y sus destinos.
La Represión.

Lo inconsciente.
Duelo y melancolía.
De guerra y Muerte. Temas de actualidad.
La transitoriedad.
Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica.
Escritos breves.
Por solo nombrar algunos.

Siguiendo la correspondencia de Freud con Abraham leemos que ni bien se declara la guerra manifiesta entusiasmo bélico, llega incluso a decir que siente por primera vez “orgullo de ser austríaco”, pero basta avanzar una líneas para que concluya la carta diciendo que tal vez su entusiasmo de hoy será su vergüenza del día de mañana. Y no será esa la única vez que hable en sus cartas de sentir vergüenza; la vergüenza de ver cuántos afectados hay a su alrededor, la complacencia con vergüenza de saber que los suyos están a salvo y llega incluso a decir que siente casi vergüenza de permitirse tantas cosas mientras el mundo lucha y se ahoga.

Me voy a detener en esta vergüenza de Freud como un indicador clínico.

Freud ubica al pudor y la vergüenza como diques ante el desenfreno pulsional, aquello que se opone a la libido con carácter de resistencia, y ubica lo que queda reprimido, como correlativo de la existencia de lo inconsciente. Lacan en La significación del Falo va a considerar al pudor y la vergüenza como indicador clínico, su aparición indica que algo de la división del sujeto se ha tocado. Años más tarde en el seminario del Reverso del psicoanálisis le dedica por entero la última clase del seminario y dirá:

“Avergonzarse por no morir de vergüenza daría tal vez un tono distinto, el tono de que lo real está concernido. He dicho lo real y no la verdad, ya que, tal y como se los explique la última vez, es tentador sorber la leche de la verdad, pero es tóxica. Adormece, y eso es todo lo que se espera de ustedes”.

El amor a la verdad va al banquillo, y por esta vía se propone producir vergüenza como un modo de separar al sujeto del significante amo, único modo que pueda ubicarse el goce que el sujeto obtiene en el uso que hace del significante amo y dirá “que lo real no esté de entrada para ser sabido es el único dique para contener al idealismo”.

Tenemos ahí en los rastros que Freud nos deja entre las cartas en las que vuelca sus incertidumbres, sus desvelos y su vergüenza y los textos que produce, no sin esa vergüenza, producción en la que entiendo supo unir a su horizonte la subjetividad de su época y hacer lectura de la dialéctica que lo lanzaba con esas vidas en un movimiento simbólico, que se va construyendo en esas vacilaciones.

Para finalizar voy a tomar un episodio que comienza con ese sentimiento de entusiasmo por sentirse austriaco y también triunfalista, sentimiento atravesado por el pudor y la vergüenza. Freud en esos tiempos iniciales le da vuelta en su cabeza a un asunto, su discípulo y amigo Jones es inglés, queda por tanto, por la guerra declarada, en el bando enemigo, técnicamente debería ser considerado un enemigo. Pero considerado por quién, ¿por la declaración de guerra?

Intercambia varias cartas con Abraham y varios meses después resuelve la cuestión cuando le escribe a Jones: “Se ha decidido por todos no considerarlo un enemigo”. Quién habla, entonces, es Freud.

Hay algo que trabaja en él, que lo trabaja en la medida que le es posible sentir esa vergüenza y que lo lleva a ir pasando de designar la guerra como “La tempestad” para un mes más tarde cambiar la denominación por “tiempos de bestialidades desencadenadas”.

La tensión en la que vive la expresa claramente en el mes de Julio de 1916 cuando le escribe a Abraham:

“tenemos que sustraernos por cualquier medio a la horrible tensión que reina en el mundo exterior, no es soportable. Y a Jones- su no enemigo- le escribe” a despecho de lo que lea en los periódicos no olvide que ahora imperan las mentiras”

El 25 de marzo de 1918 le dirá a Ferenczi:

“el mundo es mudo… el retazo del relato de guerra referente a su regimiento es horrible, aunque en el fondo haya que estar preparado para tales acontecimientos”.

Y aunque augure que en los meses que seguirán el mundo se ensombrecerá aún más, no deja de preguntarse por lo que puede devenir de esa sombra que pesa, aún sin saber de sus efectos ni de sus restos, tal como se lo expresa a Ferenczi un Freud que, por no ser mudo, pudo hacer de esa sombra un texto donde poder pensar la diferencia entre el duelo -que le venía pisando los talones y mordisqueando las pantorrillas- y la melancolía.

Al final de la guerra se ha operado para Freud un pasaje que va de sentir por primera vez orgullo (vergonzoso) de ser austriaco, al alivio que siente por la caída de Austria, alguien que para ese entonces dice: “no me siento ni germano, ni austríaco ni pangermano” El alivio no vendrá para él con el fin de la guerra ya que inmediatamente, casi sin respiro se desata la epidemia que fue llamada de gripe española que dejó más muertos que la misma guerra y su propia hija Sophie fue alcanzada por la epidemia.

Llegamos a 1920, estamos a 100 años de ese acontecimiento, cuando escribe un texto definitivo para la instauración de un nuevo discurso que es el del psicoanálisis: Más allá del principio del placer.

Tomó entonces una frase que me parece luminosa como un faro: “El mundo es mudo”, solo nos brinda retazos, incluso del horror, que son siempre retazos. El mundo es mudo y los únicos que podemos hablar somos lo hablantes, hablar para no quedar arrasados por los significantes amos que imperan, aún con la vergüenza que puedan causarnos mañana estos primeros balbuceos, este ir y venir tratando de entender no solo qué pasa, sino qué nos pasa con lo que pasa y vuelvo a Lacan:

“que lo real no esté de entrada para ser sabido es el único dique para contener al idealismo”.

Por eso tal vez, aquí estamos nuevamente, dividiendo nuestra labor de analistas entre aquello que hacemos cuando estamos ahí con el analizante, y aquello que nuestra práctica nos invita siempre a tramitar y pasar a discurso. Aún en tiempos de pandemia.


patricia Patricia Martínez, analista.

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