El psicoanálisis, un hacker del sistema. Por Helga Fernández.

Editorial, Facundo Soares.


 

Hay que romper el slogan, dislocar el hashtag, descomponer la publicidad: reapropiarnos de la materia de la metáfora.  Nunca jamás renunciar a hablar.

 

Como mostró Agamben –antes de pifiarla por querer aplicar una teoría a todo lo que existe–, apoyado en Guy Debord, el capitalismo lleva al extremo un mecanismo ya presente en el cristianismo, a través de un proceso que desdobla cada cosa, cada lugar y cada actividad humana, siendo indiferente a la división del sujeto. En su forma extrema, este tratamiento también pretende desdoblar el cuerpo, la sexualidad y el lenguaje,  desplazándolos a otra esfera. En nuestra actualidad, esta esfera, predominantemente, es la digital –hija pródiga del mundo del espectáculo–.

En confinamiento la digitalización de la vida es todavía más palpable, incluso parte de la amenaza del mundo que llega o podría llegar. Por estos días crece la demanda de compensar lo que no puede hacerse in situ, a través de la duplicación en la esfera virtual o remota (1) de cada una de las actividades que realizábamos. Y, si bien es cierto que este dispositivo puede ser un medio que permite hacer lo que queremos o necesitamos, también puede ser una de las formas de la tiranía con la que se procura suplir la ausencia, la pérdida y hasta obviar que está pasando algo que en sí mismo ya nos tiene muy ocupados.

En el mundo digital ni siquiera hablamos de la imagen especular, esta dimensión en tal esfera está presente, sin embargo no queda reducida a la misma. Ahí, la imagen no es efecto de la experiencia sensible constituida por la dimensión simbólica, es generada por un lenguaje liberado de la materialidad propia de la estructura del ser hablante. En la interfase tecnológica, concretamente, no hay imagen, sino una señal eléctrica que configura la misma a los fines de que sea vista, siempre y cuando primero haya sido “leída” (aunque prefiero decir procesada porque leer es otra cosa) por un dispositivo de traducción matemática, a un modelo inteligible. 

En el mundo digital el texto digital es el doble del texto escrito, lo que conlleva que el lenguaje, como tesoro del significante, sea reducido a un material para acumular, trasladar, transformar y moldear en la forma más conveniente. Ahí, las letras no son litoral sino tabiques indiferenciados que se reducen a un código decimal que pasa desde un documento de Word, a un video, después a una imagen, y, en ocasiones, de vuelta a un archivo de texto. En esta industrialización del lenguaje, (las palabras?) se producen y gestionan, los torrents y robot-webs {spiders} aspiran lenguaje sin descanso. Un lenguaje que todos y cada uno consumimos y con el que algunos, más o menos devotos del copypaste, fabrican muñecos parlantes.

Pero, aunque carezca de sensibilidad, el código digital no es neutro, es programático. La cibernética es una lógica, pero, como ideología, exige una praxis sobre la materia, es decir sobre el lenguaje encarnado en nuestros cuerpos. Esta praxis, dicho desde y en la urgencia, supone la sustitución o suspensión del sistema de transcripción y retranscripciones propias del aparato psíquico o de la Carta 52 (prefiero decir carta que aparato, dadas las circunstancias) en codificación de información, mediante la combinación de unidades binarias de dos dígitos (0-1). Cada unidad de medida constituye un bit, la expresión estadística de la posibilidad de ocurrencia de unidades discretas de comunicación. Mediante bits de dos dígitos se procede a optimizar la definición de un mensaje sin ambigüedad, sin amplitud semántica, desprovisto de la vocación significante y, entonces, simiente de la palabra. La digitalización no puede ir más allá de la estadística y la algebraica, por lo neutraliza lo difuso, lo incodificable, el matiz, la tonalidad, el fallido, el lapsus, el equívoco. El bit no un significante, es la medida de una probabilidad que no denota valores, matices, significación y sentido. La significación y el sentido se producen en presencia de los cuerpos, es con el otro con quien es posible pensar, discernir, hablar, ir y volver sobre lo dicho y, así, producir anudamientos, texturas, urdimbres discursivas.

Cuando leemos un texto escrito o hablamos con un compañerx, la relación al tiempo y al espacio, es decir a la temporo-espacialidad propia de los cuerpos, facilita la función de la diferencia. En presencia el tiempo también es espacio –el mismo espacio que existe entre el proceso primario y el proceso secundario, en tanto el tiempo de desvío que el segundo le impone al primero permite a su vez un lugar–, mientras que en la digitalidad se trata de un tiempo sin espacio por la velocidad del procesamiento que tiene lugar(2).

En la digitalidad no se asocia, se linkea. No hay Otro, hay Big data. No se lee, se procesa. No hay vestigio, huella o inscripción, hay borramiento de eliminación. No hay otro, hay usuarios. No hay transferencia, hay viralidad. No hay colectivos, hay una comunidad tan global como indistinguida –semejante a lo que Lacan llamó Estado Universal–.  

Así como en determinado contexto histórico dos relaciones a la palabra que coexistían, la transmisión oral y la información, entraron en contradicción en tanto la última ganó terreno a la primera, hoy una nueva relación a la palabra, propia de la digitalidad en alianza con los tecnócratas del lenguaje y la psicología neurocognitiva, entra en contradicción con la palabra encarnada en los cuerpos, vale  decir: con la palabra de la que se desprende un orden de sensibilidad (3).

Philip K. Dick soñó con los replicantes, igual que otros escritores de ciencia ficción que nos enrostran lo que por evidente no vemos: el ser hablante, gracias a los poderes del lenguaje, creó máquinas que funcionan con un lenguaje que deja de ser, por la independencia y autonomía que adquiere, el lenguaje encarnado en un cuerpo. Y, si bien los analistas tenemos alguna noticia del Eso habla, esta duplicación más bien supone el Eso es puesto a hablar (y en otro registro). El Eso puesto a hablar le hace cosas al Eso habla que, a su vez, nos hace otras, tal vez distintas a las que ya nos hace y nos hacía, y que hoy necesitamos discernir y discriminar(4).

En el Renacimiento la percepción del espacio cambió a partir de la invención de la perspectiva.  “La ciencia —dice Lacan— no es que haya ensanchado el campo de nuestro conocimiento, sino que ha hecho existir cosas que nunca antes habían existido en el nivel de nuestra percepción”. Hoy la celeridad informática cambia nuestro modo de percibir y nuestra relación al tiempo, también nuestra sensibilidad y entonces los modos del lazo. Dado que ahí, la relación con el semejante está mediada y interferida por letosas digitales, siendo reducida a la relación con otros usuarios, al desconocimiento de la falta propio de la imagen, se le adiciona el desconocimiento del algoritmo. La pandemia desnuda este tratamiento que la digitalidad, como arma del neoliberalismo, ejecuta con los seres hablantes. Basta prender la tele para verificar que en esta esfera somos una cifra del muertómetro(5), cadáveres en un camión frigorífico o también reproductores de lenguaje procesado batiendo cacerolas, víctimas de una tecnocracia que, a través de datos, localiza usuarios disuadibles para transformarlos en adeptos a una realidad diseñada para cada ordenador. –Porque no tendríamos que olvidar  que la tecnología, en alianza con la tecnocracia, reproduce una subjetividad autómata cuando es utilizada para formatear a seres hablantes que, pese a blablear, no están en condiciones de incorporarse en un decir–(6).

La tecnología no es buena ni mala, ocasiona padecimiento cuando se vincula con la competencia desenfrenada, cuando no se articula a la necesidad de continuar o de hacernos escuchar, sino al imperativo obsceno de no parar. Si estamos atrapados o supeditados en esta última alternativa, lo digital produce, además de lo que ya nos pasa, una fatiga que es afección. 

Si no podemos salir de la demanda de no parar, articulada a la digitalidad, no podemos dejar de estar hiperconectados, es decir desconectados, descontactados, sustraídos de la materialidad propia del ser hablante. Es que, como dice Eduardo de Estal, al tratarse de una esfera que no puede dejar de estar y en la que, en determinadas circunstancias, no podemos dejar de estar, la digitalidad puede revelarse como otro real que agobia, además del coronavirus.

Las personas que en este momento estamos trabajando a través de dispositivos tecnológicos, en lugar de con la presencia de los cuerpos, decimos estar mucho más cansadas que cuando llevamos a cabo nuestro quehacer en vivo y en directo. Creo que este cansancio, verdadera extenuación de la carne, también es efecto o bien de pretender, voluntaria o involuntariamente, reponer lo que de ninguna manera puede ser suplido ni sustituido a través de este modo de conexión electrónica o bien, de lo que, por no encontrar otro modo de decir, voy a llamar esfuerzo de libidinización hacia una imagen que ni siquiera es el resultado de la especularidad y que, entonces, funciona, más que como espejo como muro en el que no acontece reverberación alguna.

Quizá, también tendríamos que considerar que este modo del cansancio, más mental que físico, es producto de que no estamos frente a frente sino mediados por aparatos que detentan la presentificación de lo inerte, con los que nos vemos obligados a “enlazarnos” si queremos llegar del otro lado de su a-cosidicidad. La relación con lo inerte causa una saturación anquilosante, Lacan decía que las creaciones de la ciencia están hechas de la insustancia, l’acosa, un hecho que cambia el sentido de nuestro materialismo. Es decir que, al trabajar por medio de un teléfono o un ordenador, en lugar de estar en presencia de otro cuerpo viviente, estamos frente a una mercancía no solo cosificada sino además a-cosificada. Esta a-cosificación, tal vez y de algún modo, nos a-cosifique a nosotros mismos, por lo que el cansancio característico que trae sea el de una cierta inertización y/o el de la resistencia a la misma. Porque no es lo mismo ocupar el lugar de semblant de objeto a ante el cuerpo del analizante que quedar a-cosificado (¿o, en este caso, habría que decir a-codificado?) por la a-cosificación de la letosa.

Las creaciones de la ciencia, así como la mercancía velaba el carácter social del trabajo, nos hacen ignorar que nosotros mismos estamos determinados en el discurso como objetos a. Este efecto/afecto de a puede leerse únicamente en el movimiento del discurso del analista. Sólo ahí,  el ser hablante puede encontrarse, sorpresivamente, como objeto  del discurso que lo porta. 

En este campo donde la ciencia “opercibe”, donde opera-percibe cosas producidas por ella misma, pero inasibles a los sentidos naturales, estamos plagados de ondas eléctricas, ondas invisibles, ondas satelitales. Lacan llama a la este campo “aletosfera”, en alusión a la esfera de la alètheia –el campo de la verdad como lo que hace presente el ser intermitentemente–. Incluso, si un par de astronautas han caminado por la luna —dice— fue porque nunca se salieron de los límites de esta aletosfera. Allí, dentro de estos límites, la voz humana a través de los micrófonos y parlantes los sostenían aferrados a la vida. 

Por estas razones, personalmente decidí que en estos días de confinamiento necesario las sesiones se llevarán a cabo telefónicamente; la voz, que siempre hace presente una ausencia, propicia la escucha como la locación misma en la que un análisis tiene lugar, mientras que la imagen de la black mirror distrae y perturba a la par que propone completar lo que no hay ni habrá. Después de todo, la voz es aquello que aún en la distancia de la aletofera sigue siendo el hilo de carne que resta, donde la significación se anuda y encarna(7).

No se trata de una lectura moralista, tampoco de una lectura pesimista, porque por cierto, hoy más que nunca tendríamos que agradecer el invento de Freud, de Lacan y de tantxs otrxs: la experiencia del análisis –uno de los verdaderos hacker del sistema  donde el analizante, al hablar, es un Neo profanando la Matrix–.


(1) Nominaciones –virtual y remota– que muestran que ninguna High Definition, por más higt que sea, suplanta la presencia.

(2) No sólo no contamos con los cuerpos, tampoco con el cuerpo del tiempo.

(3) http://lobosuelto.com/ofensiva-sensible-diego-sztulwark/

(4) Me estoy refiriendo de otro modo a aquello que Lacan distinguió entre lo que opercibe en la aletosfera y lo que es operado por lo que opercibe.

(5) http://www.cck.gob.ar/eventos/la-cancion-del-miedo-y-los-numeros-de-mariana-enriquez_3831

(6)https://www.netflix.com/ar/title/80117542

(7) “La voz es la cuña que rompe el silencio que hay allá afuera y también dentro del desierto digital”. Una frase que Bifo Berardi cita de un amigo en su Diario de la psicodeflación 3.


Helga Fernández: Psicoanalista. A.M.E de la Escuela Freudiana de la Argentina. Coordina el grupo de trabajo: El malestar en la cyberlización. (El analista y las letosas). https://www.facebook.com/220092858119170/posts/2644231279038637/?d=n Supervisa, da clases y mantiene conversaciones de formación en hospitales de la Provincia de Bs. As. y de C.A.B.A. Autora de Tramoya. O la maquinaria de la voz novelada. Ed. Milena Cacelora. Buenos Aires, 2016. Co-autora de Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales. Ed. Kliné/Ed. Oscar Masotta; El hilo en el laberinto I y II. Lectura del Seminario De un Otro al otro, Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta, Bs. As 2016; La carta del inconsciente. Ediciones Kliné – Ediciones Oscar Masotta. Buenos Aires, Buenos Aires, 2007; Feminismos, de Leticia Martín y otras. Letras del Sur, 2017, y, Acuerdo en el desacuerdo. Qeja, 2019. Escribe para diversas revistas: LALANGUE; La Mosca; En el margen, entre otras. Directora editora y columnista de Revista En el Margen. Participa de la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis y en grupos de Convergencia. Próximo a publicarse su último libro, Para un psicoanálisis profano, por editorial Archivida.


matrix0

3 comentarios en “El psicoanálisis, un hacker del sistema. Por Helga Fernández.

  1. Realmente el desaparecer, el no tener una voz y por ende carecer de un cuerpo es la mayor afectación. Seres virtuales. No hay espejos para Narciso solo muros que nos encierran.

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  2. Helga la pruesta ¨La experiencia del análisis –uno de los verdaderos hacker del sistema donde el analizante, al hablar, es un Neo profanando la Matrix–.¨,brinda una brujula, o deberiamos decir un GPS, en esta epoca de ¨ciberlizacion¨ , para reorientarnos en la practica del psicoanalisis como experiencia etica.

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