Corresponsales de urgencia. Por Macarena Trigo.

Hoy, en este contexto de confinamiento, aislamiento social obligatorio y amenaza de muerte a causa de un virus del que casi nada sabemos, vivimos con la sensación de que mucho de lo que fue dicho “antes de” está perimido o ahora, ya mismo, no es de  utilidad. Al desasosiego se le suma, por contraste, el requerimiento de representaciones que den cuenta de lo que pasa y nos pasa. Por estos días lo único que a algunos nos mantiene medianamente en paz es leer a quienes se animan a decir, aunque se equivoquen o sepan que lo que arriesgan es provisorio y hasta erróneo. Ante el espesor de la incertidumbre, se patentiza la necesidad de discurso, de ficción, de metáforas que nos ayuden a habitar un mundo que se parece mucho a un ultimátum.

En el margen inaugura, esta nueva sección. Nueva, no sólo porque es otra distinta a las que ya existen, también porque aquí no se hablará estrictamente de psicoanálisis. Esto último por dos razones:

  • Afirmamos fuerte que es necesario para la existencia, no sólo de las personas sino también de los discursos, entrar en contacto con lo otro. Más todavía, si lo otro también es lo que estamos atravesando.
  • De todos modos y pese a todo, continuamos dentro de la ética del decir. Una ética que lanza a la totalidad del Logos (el modo como Lacan mencionó a la comunidad en tanto soporte de la dimensión simbólica) otra cosa que datos,  y, a la vez que procura seguir diciendo, continúa tramando lo que urge.

Dadas las circunstancias, llamamos a esta sección Corresponsales de urgencia.

Después del texto de Marc Caellas, que fue y es recibido como se recibe lo necesario, publicamos éste, de Macarena Trigo, quien ya en otras ocasiones puso a disposición  ficciones que acompañan.

 

Editorial, Helga Fernández y Facundo Soares. Con la ayuda del grupo Virus.


Macarena Trigo es poeta, actriz, directora de teatro y docente. Española por defecto, reside en Buenos Aires desde 2005.

Iba a viajar a Perugia a fines de marzo para realizar funciones de La omisión de la familia Coleman, obra de Claudio Tolcachir, donde trabaja como asistente de dirección. Las funciones se suspendieron, pero mantuvo su itinerario previo atendiendo a la intuición que le decía que quizá esa fuera su última oportunidad para ciertas cosas. A las veinticuatro horas de pisar España el país se declaró en estado de alarma y el espacio aéreo internacional comenzó a anunciar restricciones. Regresó a Buenos Aires en el primer avión donde consiguió lugar, guardó la cuarentena pertinente y durante algunos días fantaseó con la posibilidad de ser testigo del tan merecido y anunciado fin del mundo. Ya se le pasó.

Se formó con la compañía española Telón de Azúcar y en Buenos Aires con Mauricio Kartun, Claudio Tolcachir, Verónica Oddó y Tamara Kiper, entre otros.

Investiga sobre la puesta en escena del texto poético, la formación integral del actor y el uso de espacios no convencionales. Imparte talleres sobre montaje de unipersonales y clínica de obra.

Autora y directora Ser sin orillas / Ensayo sobre Ofelia. Espacio 33. CABA. Coordina el laboratorio de creación “Todo lo que hice para no volverme loca” del que surge el proyecto Todo lo que hice para no volverme loca / Vida y obra en tiempos de Macri. Dramaturga junto a Jimena López, Rhonda. Dir. Diego Recagno. Espacio 33. CABA.

Autora y directora Acá el tiempo es otra cosa; Planes de fuga todavía peores; Esas cosas que se dicen y son tan extrañas; Teoría del amor como pieza de museo; Ella también la está pasando mal, (2013); Pie para el beso, (2012); La lluvia y otras cigüeñas, (2010), entre otras.

Trabaja como asistente de dirección en La omisión de la familia Coleman, de Claudio Tolcachir, desde su estreno en agosto de 2005.

Sus publicaciones son: Rabia y relojería, Ed. Qeja, Buenos Aires, 2019;  Polaroids de aeropuerto bajo lluvia y otras breves escenas sin Bruce Willis. Buenos. Aires, 2015; Cuatro angelitos. Ed. Anaya, 2008; Los poemas perdidos de Eleonora que Mariana encontró no sabe dónde. Ed. Amarú, 2006; Mutis sin aforo y Cuaderno porteño. Premio Letras Jóvenes de la Junta de Castilla y León, 2004 y 2003 respectivamente.

Más: http://www.macarenatrigo.com/bio/

 

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El cero y el infinito recargado

 

“Una vez hubo un matemático que dijo que el álgebra era una ciencia para la gente perezosa, puesto que uno no conoce el valor de X, pero opera con él como si lo conociese. En nuestro caso, X representa a las masas anónimas, al pueblo. La política es el arte de hacer operaciones con esta X sin preocuparse por conocer su naturaleza real, mientras que hacer historia consiste en dar a X el valor exacto que debe tener en la ecuación.” El cero y el infinito, A. Koestler

 

CERO 

A fines del 2018 pasé por cuatro países en dos semanas. Los destinos fueron tan personales como extraños. Salimos de Madrid para llegar a un pueblo polaco. Estuve varios días en Estambul y conocí, después de dos años de inventarlo por escrito, un lugar llamado Meteora. Volví a Buenos Aires reconciliada con la vivencia del presente y con la certeza de que cuanto nos rodea está a punto de quebrarse. 

CERO 

Lo último que hice antes de que comenzara esta caída libre, fue conocer a la hija del amor de mi vida y dar explicaciones que nunca pidió a un hombre al que amé hace veinte años y a quien no veía hace dieciocho. Esas dos cosas sucedieron el mismo día. Una tras otra. 

En honor a la épica de mi romanticismo galopante, considero la posibilidad de haber viajado para despedirnos sin saber que eran nuestras últimas escenas. La urgencia de sentido en este absurdo proporcionará conclusiones mucho más peregrinas, supongo. 

CERO

Una de mis preguntas favoritas para enfrentar la creación, y por tanto la vida, es: qué es lo peor que puede pasar. Al emitir la respuesta en voz alta casi cualquier cosa suena ridícula y se minimiza. Quienes vivimos esperando lo peor contamos con cierta ventaja estos días. Lo peor siempre está en camino y siempre es más contundente en nuestra mente. Mi extincionismo deseado es mucho más hollywoodiense que esto e infinitamente más piadoso. Lo menos malo que podría suceder es un apagón. Uno de esos que dejan a los seguidores de la serie frustrados porque no entendieron el final.

CERO

Toda esa gente con la que no te comunicas en una pandemia, ya está muerta. 

CERO

Escribí varias veces la frase “la población colabora” antes de darme cuenta de que la población soy yo. Nadie está salvando al prójimo por quedarse en casa. Nos atrincheramos por miedo. La situación es parecida a ese sutil momento aeroportuario donde triunfa la civilización: la espera del equipaje. Nadie retira otra valija de la cinta que no sea la suya. No por miedo a ser detenido, nada más fácil que alegar confusión en ese instante, sino por terror a que alguien se atreva a tomar la nuestra y arrebate la miseria que acarreamos.

CERO

El arte acompaña. No mata el tiempo. 

CERO

No debemos obligarnos a ser productivos pero hay que seguir pagando cuentas. Ante esta paradoja siniestra pienso que es un momento tan bueno como cualquier otro para defender la eutanasia free sin condicionantes. Eso sí que sería un ahorro significativo para el sistema sanitario. 

CERO

La falta de tiempo no era lo que impedía el desarrollo de nuestra genialidad. 

CERO

¿Cómo es posible que haya gente aburrida en estos momentos? ¿La incertidumbre absoluta de una espera que no depende de nuestra escasa libertad individual no es suficiente parque de atracciones? 

CERO

Ayer disfruté la espera en una fila. No tenía otro lugar al que ir, nada más importante que hacer que cumplir mi patético objetivo: retirar un ticket del cajero con el que habilitar una clave online. La gestión demencial es una de tantas perversas normalidades bancarias. Confío en que salgamos de esta con un chip prodigioso en el orto que nos libre de volver a hacer trámites por siempre jamás. Aclaro que este es un profundo deseo pre-pandémico, no un arrebato fruto de mi desesperación de náufraga analógica.

CERO

Esto no terminará con la especie. Los cambios que vendrán no nos harán mejores. Nuestra libertad condicional mermará en defensa del bien común de una minoría. El miedo reforzará su efectividad. Los viajes contarán con exquisitas y complejas restricciones. Nos explotarán y explotaremos de maneras más creativas e ineficaces.

CERO

Nada garantiza que mañana amanezca. Esto fue siempre así, pero. 

CERO

Descubrirán una vacuna. No sabremos quién la consiguió ni dónde. Desesperados por volver a sus miles de millones, se pondrán de acuerdo por una puta vez firmando un tratado mundial y conveniente. Fumigarán en la noche oscura del alma y por la mañana, en las noticias de todos los países, sonrientes y perfumados, anunciarán que podemos salir a la calle y abrazar desconocidos. Nadie les creerá. Seguiremos encerrados hasta que la policía venga a sacarnos a trompadas para llevarnos a los puestos de trabajo que habíamos olvidado.

CERO

Volví a hacer la cama. Dejé el alcohol. Por accidente. Superada la abstinencia decidí mantenerlo por ahora. Temo cuántas declaraciones de amor y odio puedo escribir borracha en estas circunstancias. Mantengo dos rutinas de gimnasia diarias. Ayer medité online y me mareé. Todo se parece bastante a la vida de monja con la que aspiraba a retirarme como artista sin jubilación. 

CERO

Si este fuera mi último día mandaría mensajes insufribles a los de siempre. 

CERO

Estoy al borde
de cualquier cosa. Puedo negar
y afirmar con idéntico entusiasmo
lo absoluto y nada. Creer sin esperar.
Sentirme amada. Por primera vez
es posible ahora
que mi cuerpo no interviene. Soy
una buena intención que hace deberes
tiembla. Entreno la austeridad
que esperé siempre.
El miedo es viejo. La duda ocupa.
El poema no salva, pero cuánto entretiene.

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